tema: Improvisaciones

Anomalía

Una especie de relato

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Tras una relación por momentos turbulenta, un hombre y una mujer se separan. Ella vive en La Plata; él en Buenos Aires, a 60 kilómetros. Se ven—se veían—los findes: él tomaba el tren el viernes por la tarde y pasaba con ella sábado, domingo y, a menudo, lunes; ella rara vez iba a Buenos Aires. Su vida juntos ocurría en horarios y lugares de ella, en los que habían dejado establecer una rutina tranquila, placentera. Periódicamente, ella entraba en crisis y le decía a él que no lo quería, o que lo quería a medias. Esto a él le hacía mucho daño y es probable que este daño fuese lo que no le permitiera analizar o entender ese, en realidad, llamado, ese pedido de ayuda que ella le hacía: “Te quiero a medias, no quiero quererte sólo a medias”. No fue hasta un período de relativa calma, tras la ruptura, unas semanas de calma que trajeron con ellas un poco de lucidez, que él pudo pensar y entender aquel mensaje.

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LA vie en rose




La Browning M2 calibre 50 de Hello Kitty, surgida de una conversación con Gemma Peris.

La melancolía por Skype


Esta pequeña disquisción sobre la melancolía y la nostalgia y sus diferencias tuvo lugar hace un rato por Skype. Puede que sea interesante para alguien, así que la presento aquí tal y como fue, como un diálogo

Fabiana Di Luca
a ver… lo que estoy tratando de decir es que si realmente hay deseo, necesidad de salir a decir cosas, hay que pensar la manera de decirlas. eso es lo que estoy diciendo. no para trabar lo que salió hasta ahora sino para forzar un poco más allá lo que hay, expandirlo

y no como una recurrencia melancólica al pasado

ninguno somos los que fuimos, eso lo tengo clarísimo

y no me interesa que así sea

Roger Colom
ah, lo de melancolía lo decían como si dijeran nostalgia?

Fabiana Di Luca
claro!

Roger Colom
son dos cosas muy distintas

Fabiana Di Luca
acá son dos palabras que confundimos

Roger Colom
muy mal, porque van en direcciones distintas

indican fuerzas distintas

intensidades distintas

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Haciendo el tonto con sombrero nuevo



El fondo es parte de la instalación de Guido Ignatti en Exit/Salida 4, en la Barraca Vorticista. Las fotos son de Leonello Zambón.

La ciudad que no termina

En sueños, se me mezclan las ciudades. El aeropuerto de una se convierte en el puerto de otra, con los aviones aparcados en las dársenas. Todo en estas ciudades mezcladas, en esta única ciudad que sueño últimamente, acaba siendo un lugar de paso, como si no hubiera un punto de llegada, como si el viaje no pudiera terminar. Por este camino sin fin y siempre urbano que he estado soñando varias noches seguidas, me encuentro con amigos y conocidos, hasta con gente que me conoce sin que yo la conozca y luego me encuentro en la realidad despierta: charlamos, tomamos algo en algún café, esperamos juntos mi próximo transporte.
Le conté uno de estos sueños a unos amigos porque aparecían en él. Se rieron, diciendo que mi vida trashumante ahora también se da en el subconsciente.
Siempre he estado más cómodo en lo que Marc Augé llamó los no-lugares, en el anonimato, aunque me quejara y despotricara por sentirme solo, lejos. Pero en los sueños no estoy solo ni lejos. Sólo tengo que llamar a un amigo que esté cerca del lugar en que me encuentro; luego tomo el tren o el autobús o el metro, el avión o el barco, y llegar a otra zona de la ciudad interminable. Ahí me encontraré con alguien más, con otra persona querida.
Voy ligero de equipaje en estos sueños. Muchos de los lugares que visito me son familiares o bien conocidos, pero siempre distintos, como suele ocurrir en los sueños. Los recorro y en ellos me sorprenden los cambios: ninguno es como lo recordaba, pero tampoco resulta irreconocible.
Hace poco, el conductor de un autobús se reía de mí. Habían supromido la parada en la que tenía que baja. Todo cambia, me decía, tienes que venir más a menudo.

Una movida que no entiendo


Últimamente, me he encontrado con una movida rara, o inesperada, en el mundillo del arte, donde pocas cosas suelen sorprenderme. No sé si es una movida o un movimiento, o qué. Pasó hace unas semanas que recibí un mail en el que se me invitaba a una exposición. Recibo muchas invitaciones de este tipo, estoy en la lista de correo de la mayoría de galerías e instituciones de Buenos Aires. Pero esta venía de una organización que yo desconocía. Bueno, de hecho, no tiene nombre. El mail incluía varias imágenes, la fecha, la hora de la inauguración y decía que tenía que responder para que me dijeran donde sería. En un principio esto me provocó cierto reparo. Luego pensé que habría música en vivo y que por eso lo hacían así. En Buenos Aires, el gobierno de la ciudad se ha dedicado sistemáticamente a cerrar los espacios musicales desde hace unos años, destruyendo de paso una movida cultural que hasta hace poco había sido muy fuerte. Los “inspectores” utilizan a menudo las redes sociales y la publicidad por internet para enterarse de dónde va a haber un concierto. Así que el recurso ha sido escribir o llamar, decir quién eres, y si te conocen, te dan la dirección.

Pensando que sería algo por el estilo, contesté el mail y un par de horas más tarde me llegó otro con una dirección de Constitución, cerca de mi casa. El día señalado, fui. Me extrañó que hubiera poca gente. Me extrañó que no hubiera folletos, catálogo, cualquier cosa que informara sobre la exposición. No había nadie que pudiera decir que había organizado aquello. Sólo estaba una chica joven, en la puerta, con una lista de nombres de los invitados. Delante de mí, para entrar, había tres personas. Dos estaban en la lista, la tercera no. La chica dijo que no podía entrar. Discutieron. La chica se puso muy seria, negándole la entrada a esa persona. Los tres decidieron que no sería para tanto, que no valía la pena ni discutir ni quedarse y se fueron. Yo entré. Adentro había, como dije, poca gente; así me pareció todavía más rara eso de negar la entrada a los que no estuvieran en la lista.

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Una cena de navidad, a estas alturas...


Normalmente cuando tengo una idea para hacer algo en prosa, con la idea encuentro que es suficiente. Puedo escudarme en el arte conceptual, que en sus orígenes defendía precisamente eso.

Aquí de lo que me di cuenta era que había que dar un paso atrás desde la narrativa. En lugar de narrar algo, mostrarlo: con listas, con estadísticas, con direcciones de casas apuntando a los espacios socioeconómicos de los “personajes”, que tampoco aparecerían. Quería casi retirarme de la prosa como consuelo.

Luego pensé en dar todavía otro paso atrás: no mostrar, sino sólo contar la idea. Y entonces me gustó: queda todo completamente abierto, cualquiera puede rellenar el formulario y contar la historia como quiera.

Aquí está, tal y como la anoté en mi cuaderno (en diciembre):

Un cuento compuesto únicamente por los menos de la cena de navidad de varias familias, grupos de amigos, parejas e individuos solos. Listas de los platos, las bebidas, lo que comen los niños, si los hay y comen algo diferente. Se da el número de personas y su edad. Cada grupo es de distinta condición socioeconómica. Se da la dirección: todas son casas de Buenos Aires capital. No hay narración de ningún tipo, sólo información. Una especie de literatura documental.

Una de detectives


Hablábamos de novelas el otro día el poeta Martín Palacio y yo. Novelas de detectives. Y le decía (aquí me explayé muy a mi manera de hablar sin parar, ese vicio que tengo) que lo que me interesa de ese tipo de novelas es quién puede hablar con quién, quién tiene derecho a preguntar y quién la obligación o el deseo de contestar. El ejemplo que puse es el siguiente:

Un comisario sesentón de la Policía Nacional española, que ha pasado los últimos 20 años de su vida y su carrera en Valencia, cae en desgracia. Lo jubilan para quitárselo del medio. Decide largarse y viene a la Argentina, primero como turista, luego decide quedarse. Pero no en Buenos Aires, prefiere vivir en un pueblo. Así que se va a un sitio como San Pedro, junto al Paraná. Ahí, como todo buen ex-poli español, monta un bar. Un bar español, con tapas de tortilla, de calamares a la romana, bocadillos de blanco y negro, queso en aceite. Lo típico. Y los domingos, hace paella. Vende la cerveza barata, para atraer clientela, baja el precio del café y pone de moda los carajillos.
Al cabo de unos meses, tiene su clientela fiel. Hablan de fútbol, juegan al ajedrez, comentan las noticias que aparecen en los diarios. El ex-comisario se ha construido un pequeño rincón de Valencia junto al Paraná. Ahora tiene un cocinero joven, al que le ha enseñado a cocinar a la manera española, y un camarero viejo, de esos de toda la vida. Los parroquianos del bar son sus únicas amistades. Un día, cuando uno de ellos lleva ya un par faltando, le avisan que ha muerto. Probablemente asesinado, o eso se sospecha. La policía viene e interroga al ex-comisario. Le sueltan un par de comentarios acerca del bar y por ser español.
Pero hay algo que al ex-comisario no le cuadra, y no sabe qué es. En un rato de aburrimiento en el bar, decide ir al ciber de al lado. Revisa el correo electrónico, que hace ya unos días que no mira, y encuentra un mensaje del muerto. Vuelve al bar, pensativo, y ahí le dicen que el posible asesinato ha sido declarado un suicidio. Ahora ya nada le cuadra y ahí es cuando decide iniciar la investigación por su cuenta.

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Las improvisaciones


En los últimos tiempos me dio por resolver los ratos de espera, o de transporte, escribiendo eso que llamo improvisaciones. Normalmente aprovecho esos ratos leyendo, pero un día ocurrió que no llevaba un libro, sólo mi libreta y la pluma, y para no aburrirme, me puse a escribir.
El método es muy fácil. Escribo cualquier frase que me venga a la mente, luego otra que le sirva de comentario, más que de continuación, luego otra y otra, etc. Normalmente trato de que una frase sirva de aclaración de lo que ha venido antes.
Y claro, la cosa se va complicando con cada nueva frase. Cada vez hay más que explicar. Supongo que cada una de estas improvisaciones podría ser el principio de una novela, si tuviera yo el interés y la paciencia para escribirla. Soy poco novelero.
Y lo soy porque siempre tengo la sensación de que las novelas terminan siendo todas más o menos iguales, dentro de una serie de narraciones arquetípicas que las subyacen. En cambio, estos textos cortitos, más bien alusivos que narrativos, me recuerdan más a cómo funciona un poema, o el tipo de teatro que me gusta.

El hambre


Esta foto me llena de nostalgia. No por el niño—mi abuelo—sino por el perro. Y la nostalgia no sé si será otra cosa también: casi se me hace agua la boca. Esta maldita crisis, ¿cuánto lleva, casi veinte años? Al principio la llamábamos así, crisis; ahora es lo que hay.
Me acuerdo de los primeros años, cuando todavía teníamos esperanzas de que la cosa pasara, como una tormenta tropical, con daños y perjuicios y algunos muertos, pero nada más. Ahora nos reímos de aquellas esperanzas, de aquel optimismo.
El desempleo, el hambre: la gente al principio liberaba, o abandonaba, mejor dicho, a sus mascotas. Jaurías salvajes recorrían las calles, o te asomabas a cualquier auto abandonado y a lo mejor veías una perra con sus cachorritos. A mí me pasó una vez. Pronto, sin embargo, hubo quien mató a su animal de compañía por pura supervivencia. Había que comer, eso está claro. Los que habían conservado sus animales, los sacrificaron. Otros se dedicaron a la caza, y hasta la crianza. Todo era comestible.

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Todos los días una vez




Era la consigna. Aunque hacía años, muchos, que nadie era capaz de decir a qué se refería, qué era lo que había que hacer o dejarse hacer esa única vez diaria. Algunos se duchaban, creyendo que el imperativo tenía que ver con la higiene. Otros comían, pero comer una sola vez al día a veces obligaba a pasar hambre, con lo cual habían elaborado toda una mística de la abstinencia. Otro grupo, más disperso, opinaba que la consigna se refería al sexo y follaban a diario, aunque algunos, aprovechándose de aquellos a los que el juego de dar la vuelta a las sillas que practicaban había dejado de pie, lo hacían más de una vez. Un grupo minoritario pero radical, víctima de toda clase de chistes, pensaba que se debía orar una vez al día. En pocas generaciones la consigna había generado toda clase de sectas: los de un vaso de agua al día, los que sólo miraban el reloj una vez, los que dedicaban su atención al retrete, los que miraban por un precipicio, los que salían al balcón y gritaban su nombre, los que anulaban cualquier impulso, escogido al azar una vez al día.
Yo ahora estoy en la cárcel por haber escogido mi propio camino, uno que a nadie se le había ocurrido y que por tanto no tenía el apoyo de una secta o un grupo o facción. A mí se me ocurrió hacer algo bueno por otra persona una vez al día, como se podía leer en los libros antiguos, antes de que los prohibieran porque, al parecer, promovían el individualismo o la creación de cada vez más sectas. Quizá estoy en la cárcel por haberlos leído. Pero si es así, alguien tuvo que saber que yo había leído algo, alguien tuvo que leer también.
Existe un grupo cuyos miembros ponen una denuncia anónima al día, pero nadie sabe quienes son.

Itinerario




Íbamos a ir, pero al final nos quedamos. Había demasiado para escoger. Demasiado que podríamos haber visto sin pensar. Sin saber qué era lo que estábamos viendo. Así, pensamos, lo mejor era quedarnos donde estábamos, permanecer quietos, como a la expectativa, pero sin esperar nada. Ni siquiera nos parecía buena idea, en aquel momento, mirar por la ventana. En la habitación sólo había una. Mirar hubiera significado querer saber más, querer salir, pero sin posibilidades de saber salir hubiera sido inútil. O contraproducente. Tampoco encendimos el televisor, ni permitimos a uno de nosotros que echara un vistazo al periódico que encontró en la habitación: eso también hubiera provocado la curiosidad, el ansia por no permanecer encerrados. La idea era que tampoco nos sintiéramos encerrados, eso también podría invitar a salir, que era lo que habíamos decidido evitar, ya, a toda costa.

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