tema: Diario de la vida diaria

17 libros para llevar a una isla desierta


Siempre he detestado la pregunta, ¿qué libro te llevarías a una isla desierta? Es una pregunta de y para gente que no lee. La persona lectora suele leer todo el tiempo, siempre que puede, y por ello, a acumular libros: en el recuerdo, en los estantes de su casa o de alguna biblioteca pública. Sin embargo, esta pregunta absurda tiene un valor: nos obliga a pensar en lo que más hemos disfrutado al leer, lo que más hemos amado al leer, aunque nos hiciera sufrir, lo que más queremos volver a leer. La pregunta es casi, ¿con quién quieres pasar el resto de tus días. Pero me pasa que no creo en la monogamia, y no creo en ella en un sentido particular: cada uno de nosotros es múltiple, si estoy con una mujer, estoy en realidad con muchas de las personas que ella es, sean de tipo más o menos masculino o femenino. Lo interesante de una relación, vista de esta manera, resulta en ir conociendo a toda esa gente que vive, y que llega a vivir, en ese cuerpo, bajo esa falsa identidad que es la que se nos impone desde fuera. Lo mismo me pasa con los libros. Cada uno cambia con cada lectura porque cada uno, aunque la letra venga fija sobre la página, cambia con cada lector que yo pueda llegar a ser. Uno siempre deviene otro lector.
Visto así, sí que podría llevar un solo libro a una isla desierta, pero me niego. He elegido 17, número primo y uno de mis favoritos, 17 libros que para mí conforman, en cierto sentido uno solo: el que llevaría a esa maldita isla.

  • Dante Alighieri, La divina comedia
  • John Ashbery, Selected Poems
  • Georges Bataille, La parte maldita
  • Charles Baudelaire, Las flores del mal
  • Walter Benjamin, El libro de los pasajes
  • Elizabeth Bishop, The Complete Poems
  • Jorge Luis Borges, Ficciones
  • Julio Casares, Diccionario ideológico de la lengua española
  • Miguel de Cervantes, Don Quijote de La Mancha
  • Charles Darwin, The Voyage of the Beagle
  • Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas
  • Jacques Derrida, Disemninación
  • Friedrich Nietzsche, Obras completas
  • Fernando Pessoa, Drama en gente
  • Rainer Maria Rilke, Las elegías de Duino
  • Raymond Roussel, Locus solus
  • Mark C. Taylor, Erring

Primer paseo de 2011


El del 2007 fue el último primero de año que pasé en España. Desde entonces incorporé a mi celebración el paseo del 1 de enero, o del 2, según se tercie la resaca.
Este año no hubo malestar el día uno por la mañana. La fiesta de la noche anterior fue en Tolosa, junto a La Plata, con mesas en la calle, amigos y desconocidos, mucha comida y luego baile. También fuimos a ver la quema de algunos de los muñecos del barri—una tradición platense sobre la que estoy escribiendo un artículo. Había alcohol, claro, pero no me apetecía una borrachera, así que bebí poco.
El primer día del año fue más de estar en casa, en la de mi chica, tranquilos. Almuerzo abundante, siesta. Por la tarde fuimos a casa de unos amigos en City Bell, y la conversación se alargó hasta las 12 de la noche.
Esta mañana, en pie temprano, eché un vistazo a los diarios (en internet, por supuesto), fui al chino a comprar comida para Miti, la gata que pone una cara de ahber sido ofendida en el alma cuando pide, exije, que le den de comer. Luego salí a dar ese paseo con el que me gusta inaugurar el año.
Saliendo de casa de Fabiana, en Meridiano Sur, La Plata, y atravesando la plaza Sarmiento, donde hay un busto muy feo del prócer, me encontré con una ofrenda pagana que me intrigó. En el suelo, en uno de los caminos de cemento que cruzan la plaza, había varias comidas, arregladas como para una mesa: arroz, papas. Habían sido puestas ahí con cuidado. No era que alguien las hubiera tirado, o que fueran los restos de una fiesta. Estaban intactas. No vi señales del alto personaje al que se le ofrecían. Hice una foto, pero luego, cuando volví a casa me di cuenta de que algo le pasa a mi teléfono, que no funciona. No sé si tendrá algo que ver.
Seguí por la calle 18 (en La Plata, las calles van numeradas), por un barrio tan tranquilo que las únicas personas que vi por la calle pertenecían al cuerpo de barrenderos de la ciudad. Eran pocos los coches que pasaban, todo estaba en silencio a las 10 de la mañana.
Pensando en mi artículo sobre los muñecos, pasando por las cenizas de unos cuantos, llegué al Centro Cultural Malvinas, en 19 y 51, que tiene una cafetería grande con wi-fi y espacio para fumadores. Conforme me acercaba al edificio, que que no había mesas afuera y temí que el café estuviera cerrado. Son importantes los cafés. Y también que estén abiertos cuando uno los necesita; son el mejor refugio para los caminantes de la ciudad. Por suerte, estaba abierto, y entré a tomar un café y unas notas para ese artículo que tengo entre manos.
Cuando volví a la calle, se había levantado un poco de viento que arrastraba nubes densas, cubriendo por momentos al sol. Me entraron ganas de que lloviera, de pasear bajo la lluvia este día de verano, pero el viento se volvió a llevar las nubes, el sol volvió a brillar.
Por 51 continué hasta Parque San Martín. El calor agobiaba, se iba mejor por la sombra. Estos son barrios de casas bajas, algunas muy bonitas. Me gusta mirarlas e imaginar la vida en ellas. Para mí lo más importante de viajar ha sido siempre saber o imaginar cómo se vive en los lugares por los que paso. Me interesa menos todo eso más vistoso que los turistas tienen la obligación de visitar. Cuando miro las casas, estas de La Plata, incluso las más modestas, siempre descubro algún detalle arquitectónico que me alegra el momento. Son esas pequeñas alegrías, o micro-alegrías, en realidad, las que me sirven de barómetro psíquico. Cuando las siento, sé que estoy bien, que tengo los ojos abiertos y soy capaz de mirar al mundo, a los pequeños detalles que todo lo cambian.
Por 23 y luego, pasando la diagonal 74, por 22, enfilé hacia casa de Fabiana. El paseo fue breve, pero me sirvió para lo que quería.

De burbujas y redes

Sobre la política cultural de España en América

No es que haya nada nuevo en la información que ha salido últimamente gracias a wikileaks. Estados Unidos presiona, amenaza, discute con amigos y enemigos: la diplomacia de siempre. Friedman, del New York Times, la pérdida del poder geopolítico de EEUU con su dependencia del petróleo del Medio Oriente y el crédito de China: una diplomacia de la escasez debida a la falta de ganas de crear una abundancia que resulta perfectamente factible. En términos energéticos, hay muchas cosas que se pueden hacer para evitar el petróleo; en cuanto a las grandes reservas de dólares que China mantiene, quizá se pueda hacer menos, pero sí que se puede invertir en investigación, en nuevas ideas que procuren otro tipo de entrada y reduzcan la deuda exterior. Se trata de cambiar fundamentalmente de una mentalidad de la escasez a otra de la abundancia. Habrá caído el muro hace más de 20 años, pero EEUU no parece haber aprendido nada.

Cambio un poco el ángulo, el punto de vista. España está metida en una crisis enorme precisamente porque no quisimos aprender: si en lugar de inflar la burbuja inmobiliaria se hubiera invertido de manera agresiva en industrias del conocimiento y en otras energías, como muchos estuvimos pidiendo durante años, esta crisis no hubiera sido tan profunda ni tan dura para tanta gente. Ahora, mucha gente joven con los conocimientos para trabajar en esas industrias emigra; el dinero invertido en educación beneficiará a otros países; España seguirá padeciendo un déficit de ideas, de empresas, de empleo.

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El viaje inminente


Éste que hago a menudo, no es un viaje, sino el comienzo de uno, o su anuncio, o la inminencia de ese viaje que siempre estoy preparado para emprender. Vivo así, preparado para emprender el viaje, siempre en guardia, siempre con la maleta hecha. La maleta hecha mentalmente, psicológicamente.
El otro día, mientras preparaba la bolsa para ir a La Plata, paré un momento, sorprendido por la rapidez con la que lo estaba haciendo, con la que tomaba decisiones—esto sí, esto no—. Justo había mirado el reloj en el momento de ponerme con la bolsa. Eran las 17:23. Miré el reloj unos instantes después de este de mi sorpresa y ponía 17:27. La bolsa contenía el ordenador, cables, libros, libretas, ropa, un neceser de baño y otro con herramientas que utilizo para escribir y para trabajar en mis cuadernos: pegamento, tijeras, navaja, regla, lápiz, bolígrafo, tinta para las plumas, un pincel. Cuatro minutos de decisiones rápidas y no faltaba nada.
Y no es que siempre lleve lo mismo, o la misma mochila. Además, con el tiempo inestable que hemos tenido últimamente, tocaba decidir qué ropa llevar, adivinando el clima de los próximos días.

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Dispersión


Mañana tengo que entregar un artículo que aún no he empezado. Y no por que no me apetezca; en realidad, le tengo ganas al tema. Iba a empezar ayer, pero tenía más ganas de leer que de escribir, así que me puse con un par de textos sobre el mismo tema que debo tratar. En uno, encontré una idea que me sirve para una conferencia que doy en unas semanas, y lo anoté. Entonces me acordé de algo similar que había leído en otra parte, también relacionado con la conferencia, y fui a revisarlo. Me pasé toda la tarde en eso, tomando notas para lo otro, no para artículo que tengo que entregar ya. Luego, con la vista algo cansada de leer en pantalla, abrí por la primera página la novela que toca—siempre, aunque leo muchas cosas a la vez, tengo una sola novela entre manos, en este caso Ellos eran muchos caballos, del brasileño Luiz Ruffato. Había leído cuatro páginas cuando llegó mi chica a buscarme para ir a la inauguración de una muestra. Después, fuimos a cenar con amigos. No escribí lo que tenía que escribir.

Esta mañana me levanté con el firme propósito de hacer ese artículo. Abrí el ordenador, abrí el correo, contesté lo urgente, eché un vistazo a los diarios, abrí facebook para contestar a un comentario que me habían puesto en el muro, el chat estaba abierto, así que mi editor en la revista aprovechó para recordarme que esta tarde tengo que hacer dos entrevistas, le contesté, una persona querida también me envió un mensaje, chateamos unos minutos. Estaba totalmente concentrado en el trabajo, se ve. Decidí meterme en la ducha (tenía frío), me afeité, me vestí, me senté de nuevo delante del ordenador y entonces vi que no me quedaba tabaco. Imposible pensar sin tabaco. Si alguien pide prueba documental de lo que acabo de decir: en la serie británica de televisión, Sherlock, basada en los personajes de Conan Doyle, pero trasladada al presente, el personaje principal se pone varios parches de nicotina para pensar mejor. Salí a comprar tabaco. En el camino de vuelta recordé que tenía que hacer copias de un par de llaves; entré en la ferretería.

Volví a casa. Me senté delante del ordenador. Me di cuenta de que tenía que cortarme las uñas; soy un desastre para esas cosas, me corto las uñas cuando me molestan al dar con los dedos en el teclado, no hace falta que estén demasiado largas. No encontraba el cortauñas. Llamé a mi chica para preguntarle si ella lo había visto, me dijo que en el baño, donde yo ya había buscado y donde estaba. ¿Cómo no lo vi? Mientras me cortaba las uñas, se me ocurrió escribir este post, así que aquí estoy.

En cuanto lo termine, me pongo con el artículo…

Noticia de un trashumante


Hace tres años y medio que vivo en Buenos Aires. Uno de los aspectos que no dejan de sorprenderme de la vida que he conocido en esta ciudad es mi incapacidad para crear vínculos fuertes con ninguno de sus habitantes. Conozco a mucha gente, pero los lazos que me unen a esas personas son de los más débiles: si me dejara de hablar con alguna de ellas mañana por la mañana no pasaría nada, ni de un lado ni del otro.

La razón por la que esto me parece extraño es que he vivido en muchos sitios y en todos he creado, o ayudado a crear, lazos fuertes con otras personas, verdaderas amistades que han perdurado a través de los años, incluso a pesar de las grandes distancias que nos separan. Son complicidades que siguen en pie por medio del correo electrónico, Skype y unos pocos encuentros cara a cara. Y muchos abrazos, cuando esos encuentros han tenido lugar.

Algo que he observado en los años que llevo viviendo en Buenos Aires es que la mayoría de las personas que conozco forjaron sus amistades más profundas con personas que conocieron durante la secundaria. No tengo estadísticas, por supuesto, ni he hecho encuestas. No es esto un sesudo estudio sociológico, sino simplemente una observación, basada en muchas conversaciones desde que intuí que algo pasaba que no lograba yo entender… y todavía no termino de hacerlo.

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Hartimáñez y el atasco

Hace unos 3 años, Carlos Ortin y yo nos pusimos a jugar con un personaje que nos venía al dedo para reírnos de todo, con alguna que otra sutileza. Luego me vine a Buenos Aires, Carlos siguió en Valencia y no continuamos. Esta movida venía de nuestras conversaciones, de las risas en el bar, de la tensión creativa que siempre hubo entre nosotros. Aquí va un ejemplo:

Tristeza y fuga



Últimamente me he encontrado no un poco, sino bastante disperso. Como si hubiera perdido el norte, que en efecto perdí. Creo que la palabra operativa de los dos últimos meses ha sido tristeza. Que no es lo mismo que depresión. La diferencia está en que la persona deprimida no ve la salida por ningún sitio; yo sí la veo, pero todavía no llego a ella.

Se ha perdido esta figura emocional de la tristeza en la cultura actual, y sobre todo la de la tristeza que no está pidiendo consuelo. A muchos les conviene más decir que están deprimidos y así se piden la baja laboral, o sea que su tristeza viene con unas vacaciones pagadas. A los poderes también les interesa esta medicalización no tanto de la tristeza, sino del consuelo, ya que abre la puerta a las drogas que nos mantienen en el puesto de trabajo, en la rutina, en la productividad obligatoria, en el pago de impuestos, sean económicos o vitales. De hecho, esta medicalización implica una confusión entre la economía y la vida muy provechosa para el capital y sus gobiernos.

Pero no es mi caso. Yo no estoy deprimido, sino simplemente triste. Así, a la antigua, y sin pedir que venga alguien a acariciarme el cogote y decirme que no me preocupe, que todo estará bien, que no sirve para nada. A mí la tristeza no me paraliza, me dispersa. En términos nomádicos, deleuzianos, se puede decir que me lanza en busca de líneas de fuga. Una de las ventajas de las propuestas de Deleuze y Guattari es la resistencia a la psicologización institucionalizada de todo, a la medicalización de lo que sea. A cambio, ofrecen otro camino, el de la fuga, el de la desterritorialización.

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Redirección temporal




Tengo problemas con la conexión donde vivo/trabajo. Significa que tendría que andar con el ordenador arriba y abajo, y la verdad es que no me apetece.
Lo que sí puedo hacer es ir posteando con el iPod en un blog auxiliar que abrí hace tiempo pero nunca usé. Ahora me viene bien. Es éste: PEX2.

(Lo bueno de Wordpress como editor de blogs es que tiene una aplicación para iPod Touch, que facilita la cuestión de escribir cuando uno anda errante, itinerante o, como es el caso conmigo en este momento, cabreado).

Volveré a este blog en cuanto se solucione el problema.

El intelectual de pueblo


Mi gran amigo Pep Izquierdo lleva unas semanas quedándose en casa y como somos tempraneros, nos ha dado por mantener una buena conversación durante el desayuno. Mejor eso que leer el correo electrónico o la prensa. El otro día estuvimos hablando de Álvaro Cunqueiro, y eso me movió a volver a pensar en Mondoñedo, una pequeña ciudad perdida entre bosques en los montes de la provincia de Lugo, una ciudad adormilada, que hace unos años visité, precisamente, en compañía de Pep.
Buenos Aires es una ciudad intensa, enorme, todo lo contrario de Mondoñedo; estas últimas noches, después de la conversación sobre Cunqueiro, me daba por pensar en la posibilidad de instalarme en esa otra ciudad a llevar una vida pacífica y centrada en mis libros. No tengo la menor intención de irme de Buenos Aires, pero este tipo de ensoñaciones van bien para descansar el cuerpo y el espíritu después de un día largo sin parar.
Esta mañana le conté eso a Pep, y nos pusimos a hablar de la figura del intelectual de pueblo, principalmente del historiador de pueblo, tan denostada en España desde el gran auge del cosmopolitismo cutre que se dió en los 80.
Pronto nos dimos cuenta de que la mayoría de los intelectuales de ciudad son, en realidad, intelectuales de pueblo. Lo que distingue a uno y otro es el grado de teoricidad. Digamos que el verdadero intelectual urbano se inclina más hacia la teoría y el de pueblo más hacia la colección de datos, de objetos o de lo que sea. En otras palabras, es un coleccionista. Y en las ciudades hay millones de coleccionistas: de comics, de discos de jazz, de libros sobre la historia de la región, etc.; o incluso de ideas, teorías y sistemas filosóficos.
Y se nota en los cafés. ¿Cuántas veces no me he juntado en uno con gente a charlar de cualquier cosita intelectual y resulta que se dedican a desplegar la colección de datos o ideas que tienen en la cabeza?
Yo, por si a alguien le interesa, soy un híbrido: coleccionista empedernido, pero también aficionado a la explicación y el análisis de las cosas, inclinado hacia la teoría, aspecto que abarca buena parte de mis conversaciones mañaneras con Pep. En Buenos Aires, he conocido a más coleccionistas que a teóricos. En la mayoría de los sitios en los que he vivido también. Supongo que el tipo de intelectual que predomina es el de pueblo.
Pero que no se me malinterprete. El prestigio de los teóricos por encima de los coleccionistas suele ser sólo social, un juego de espejos. El de los coleccionistas a menudo está más relacionado con lo económico, mucho más estable y, quizá, verdadero.

Ahora Twitter


Estoy probando con Twitter, una herramienta de micro-blogueo que va muy bien para apuntar ideas, enlaces, cosas que no necesitan más que una línea. Para seguir lo que se me va ocurriendo: Roger en Twitter.
Ya sólo me hace falta hacerme con un dispositivo de bolsillo que me permita ir anotando cosas desde la calle.
Esto de Twitter en principio me parece más adecuado para lo que hago en Buenos Aires Ideal que lo que hago aquí en PEX, pero ya le iré encontrando usos que tengan más que ver con mi trabajo por el lado de la poesía y el arte, además de simplemente indicar cosas.
Una parte esencial de aprender a usar una tecnología nueva es averiguar para que sirve. Podemos quedarnos en el nivel “Cualquier cosa” o podemos intentar contenidos con cierto sentido más allá del individual. Como la red está abierta a todo, la cosa se trata de crear comunidades de lectores-escritores que exploren temas o asuntos de su interés. El blog es una herramienta extremadamente útil para esto ya que permite publicar textos de cualquier extensión rápidamente. Twitter, calculo, sirve para llamar la atención sobre ciertas cosas, eso que digo más arriba de “indicar”. Es en efecto, el dedo índice de la internet. Con el tiempo iré viendo si llega más allá. Es cuestión de explorar sus usos.

Últimamente, mucho

Últimamente, tengo tantos proyectos, tantas ideas en la cabeza, que no doy abasto. Suele ocurrir. O me paso temporadas largas sin ideas, o de repente me vienen un montón de golpe y tengo que organizarme para sacarlas adelante.
Tampoco soy mucho de contar esos proyectos: existe, bien arraigada en mí, la superstición de que si cuentas algo no sale. Lo que diré aquí es que se trata de varios libros (más o menos) conceptuales, una exposición de pintura-fotografía-video, una serie de artículos para revistas y otro, ya más académico, acerca de la figura de Mercurio tal y como se manifiesta en Buenos Aires, algo sobre lo que ya había escrito, pero estoy elaborando.
No soy de escribir cuentos o novelas, pero el otro día se me ocurrió una especie de cuento no-narrativo que luego me di cuenta que entra dentro de eso que llaman escritura experimental. Para escribirlo, primero tengo que hacer una encuesta: escribirla y presentar las preguntas a personas que me proporcionen la información que luego conformará el texto.
Después del susto oficial por la gripe porcina, que condujo a cerrar muchos lugares públicos y a anular o posponer una gran cantidad de actividades, se reanuda la vida social-artística de la ciudad. Eso implica que vuelvo a mi actividad de cronista y que de nuevo tengo que ponerme a escribir sobre arte. Ya esta semana tengo la agenda sobrecargada con inauguraciones en galerías, a algunas de las cuales voy por gusto y a otras por obligación, aunque a casi todas por gusto…
Todo esto implica que tengo que leer, investigar, ir a sitios: cosas que implican mucho tiempo de concentración o dispersión, según la naturaleza de cada una. El caso es que ocupan todo mi tiempo. Y pronto empezarán las clases de nuevo, esas clases de poesía que doy a mis alumnos por las calles de Buenos Aires, además de una serie de conferencias y cursos cortos en una de las universidades locales y en otros espacios.
Sé que no doy detalles pero, como ya dije, soy supersticioso. Esos detalles irán surgiendo aquí en el blog durante los próximos meses.

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