13/06/07
Acerca del coleccionismo de arte
En los últimos tiempos he visitado varias colecciones de arte contemporáneo, todas privadas. Una cosa me llamó la atención: los coleccionistas siempre me comentaron que sólo compran lo que les gusta. Y eso debe ser así, sin duda, ya que se trata de vivir con la obra a diario.
La duda que tengo es ni lo que me gusta no es también lo que entiendo. Si es así, entonces la cosa se torna problemática. Cuando sólo nos acercamos a lo que entendemos, los caminos que estamos recorriendo son los de siempre, incluso a nivel neuronal. Hay sinapsis que son como autopistas, otras como caminos de tierra, otras que están por crear. Lo que entendemos pasa por las autopistas: es lo fácil. Pero luego hay cosas que nos ayudan a ver el mundo de otra manera, a establecer conexiones nuevas, a crear nuevos sentidos en nuestras mentes. Y eso es tan difícil como aprender un idioma nuevo.
Los coleccionistas, al financiar a los artistas, a las galerías y, más indirectamente, a los críticos y a los curadores, cumplen un papel importante en la producción de sentido. Lo que se me ocurre con esta breve reflexión es que si los coleccionistas sólo compran lo que les gusta, lo que entienden, entonces no están abriendo caminos nuevos, ni para ellos mismos ni para el arte. Entonces, y probablemente de manera involuntaria, están limitando la producción de sentido, sirven más de freno que de acelerador.
Buenos Aires podría ser una de las capitales mundiales del arte. Pero no llegará a ese nivel si no se producen cambios en la manera de coleccionar. El arte siempre es arriesgado porque su función (al menos la que se ha auto-asignado en los últimos cuarenta años) es la de abrir caminos nuevos, conexiones nuevas. Las ciudades son los grandes centros de producción de sentido. Las más importantes son las que logran transmitir sus innovaciones al resto del mundo. Para que una ciudad sea capital, todos o la mayoría de los agentes que participan en la producción de sentido tienen que abrirse a la innovación.
Archivado en: Arte

jun 14, 18:08
Bastante de acuerdo, Roger. Lo que también me parece que ocurre (en Buenos Aires, en Barcelona o en Milán) es que el “orgulloso poseedor” tiene más que cautela, miedo. Compra, según tus parámetros, “después de” saber que es bueno. No se atreve a decidir que es bueno antes de que se lo digan, se lo cuenten, lo demuestre un currículum o lo avale un crítico. De todas formas en España, que todavía es un país pobre en cuanto a coleccionismo privado contemporáneo, hay galerías que se atreven y que tienen “dos clientes y medio” (como me cuenta una galerista excepcional y divertida) que se fían.
Así y todo y al fin y al cabo estamos hablando de dinero. Útil o inútil.
jun 21, 18:45
Hola Manuel
Lo increíble es que los coleccionistas tienen el poder de decidir qué es bueno y qué no. O parte del poder; hay otros agentes, claro. Y no sólo comprando arte en objetos (pinturas, esculturas), sino también ejerciendo de mecenas para los que trabajan en video y en las formas más efímeras. Yo creo que lo que les da miedo es no entender lo que está pasando.