Dejar las llaves en el coche


Con las botas escondidas a la entrada fuimos cada uno mojando pan en aceite y aludiendo a otras vidas en las que todo parece distinto y no hay fotos y casi lo es, o lo sería si pudiésemos llamarlas nuestras, como revisitadas, o extravagancias por las que uno paga fortunas cualquier lunes nuevo del mes, cuando no hay partido.

Otra solidaridad se ríe, exige el retorno de su ADN, o por lo menos la patente, la llamada al móvil que sería gratis si valiera la pena encajar mejor lo que todavía hoy anotamos como una traición, más ligera que el aire de víctimas que se adopta en público, la subasta en la que cada uno aprende lo que vale.

Ahora llegan los anuncios, la ropa calada hasta los huesos, varias migraciones voluntarias que observamos pasar por la segunda ventana de casa, menos cuando piden plata por ver, que no anula el centrocampismo de algunas ambiciones castigadas, la luz, el plato de lentejas al final del túnel digital que comenzamos a construir cada mañana, a eso de las 6.