22/05/10
Daniel Kiblisky

La Ilustración, y después el Romanticismo, nos enseñaron a encontrar sentido en el paisaje por medio de la idea de lo sublime: aquello en la naturaleza que nos llena de asombro, por su belleza, e incluso de miedo por su terribilidad. Desde entonces hemos sido viajeros y turistas en busca de las emociones fuertes que la visión de la naturaleza aporta—quizá lo que buscamos es huir de la rutina de un mundo que ya desde mediados del siglo XIX nos parece demasiado prefabricado. Hoy, muchos corren de lo prefabricado diario a lo sublime natural casi por instinto de supervivencia. Un ecologismo del espíritu.
Conocí a Daniel Kiblisky a finales del año pasado en la Barraca Vorticista. Inmediatamente me llamaron la atención sus fotos de horizontes, paisajes amplios en los que el cielo domina. Kiblisky es escalador, algo que, para un habitante de Buenos Aires y las planicies sobre las que está construida la ciudad, significa ser antes viajero. La última vez que nos tomamos un café y dimos un paseo que nos permitiera hablar, y a mí fumar, vi que Daniel cojeaba: es lo que le queda de un accidente en la montaña.
Tengo preferencia—tal vez porque provengo del desierto—por los paisajes largos y amplios, los cielos enormes, esos que más que hacernos sentir pequeños e insignificantes (una idea cara al fascismo), nos permite hacernos una idea de la amplitud del mundo, de sus espacios, de lo abierto que aún nos permite el movimiento: y la velocidad que cada vez más se nos prohibe. Padezco de claustrofobia.

Sin embargo, Daniel me comentó que a él lo que más le interesa de sus horizontes es precisamente el horizonte, lo que se ve en la pequeña franja de tierra que, en la foto, queda justo debajo del gran cielo. En otras palabras, más la tierra que el cielo, más lo que podemos recorrer con el cuerpo que con la vista. Y añado: más lo que está a nuestro alcance que lo sublime, en otras palabras, más lo terrenal que lo divino. Quizá los cielos de las fotos ocupan tanto espacio en las imágenes justo para remarcar nuestra fragilidad, la de la tierra, la del planeta. Nuestra apabullante soledad, digamos, cosmológica.
Kiblisky sale de viaje y lleva su cámara de placas, casi como un viajero-fotógrafo del siglo XIX, aunque va en coche. Cuando ve algo que le llama la atención, para, saca su equipo y se pone a trabajar hasta que cree que ha conseguido la imagen que busca. No lo sabrá, claro, hasta que el laboratorio le devuelva los negativos. No es fetichismo por técnicas que parecen haber pasado de moda con la llegada de la fotografía digital, es más la condición de muchos fotógrafos en Latinoamérica que no pueden pagar el dineral que cuesta adaptar sus cámaras a la nueva tecnología. También, Daniel me contó que ha probado muchos equipos nuevos y que todavía no dan la calidad de la fotografía química. El fotógrafo como artesano, claro; pero también como artista: hay que saber escoger dónde se pone la cámara y saber adivinar qué es lo que quedará registrado en la película. El riesgo es máximo porque, claro, no se puede volver jamás a un momento de la luz. Y en la fotografía no hay más que luz.
Archivado en: Arte

jun 17, 00:42
Permiso, pero me gustaron mucho las fotos y el texto, hace días que tengo ganas de acotar algo y recién ahora pude detenerme.
Miré las imágenes antes que el texto, y me atrajo más esa franja pequeña de tierra, que parece emerger o empujar al cielo, pero no con una sensación de fragilidad –raro-, sino con la impresión de que la belleza, si bien oculta y escasa en lo cotidiano, está a nuestro alcance. Coincido: más en lo terrenal que en lo divino.
También soy partícipe de la analógica más que de la digital, pero no soy una fundamentalista.