Una vida de prueba


Disculpe, ¿me puede mostrar su curiosidad
por favor, eso inexpresado que tanta conversación
trae y más cuando es mentira? La felicidad se despliega
como un carné de dormir olvidado al salir de casa

hasta que el vapor de un anhelo llega a ayudar
al invierno con la emoción de lo improbable: de revelar
un vandalismo fundamental, menos rígido, más extenso.
Pero ahora hay turistas que viajando a ese frío exigen

aquella risita subterránea que parece un arroyo si no
hay luna y la huelga de comerciantes vuelve con su billete
de pensar que la vida es personal, un poco puesta en remojo
para que nadie se acerque a preguntar si han traído ya

el calendario. Porque hoy ensayaremos las horas
que faltan para que lo más pintado a mano durante
ese tiempo llegue a parecer transparente, un vaso lleno
que, paseando, se te cayó de la mano. Aunque no siempre

se adivina por dónde saldrán, los puntos de vista
abandonados coagulan con la facilidad de un amor.
Los excedentes de la respiración calientan la estatua
que se construye, de preferencia, lejos. No sé

si el acuerdo al que llegaremos un día pondrá
cada grano de arena en su reloj, pero el siseo exponencial
de la alegría y otras hélices dobles que el respeto
a los artistas va dejando, perdura. Y flota.