28/04/09
Conocer esta playa
¿Qué poema puedo escribir
si no es este de tinta helada
y paisajes que nadie limpia hace mucho?
Tengo frío, la cabeza me duele
del sol en la cara que no me deja ver.
¿Qué latido encuentro en esta ceguera
de cobrador que al fin ha dado con su presa?
Entre toda esa trinchera sin guerra
(y a veces, comilona sin bebida
o paseo con 80 kilos de mochila
o retrato propio ante el espejo
con la cara desaparecida por el flash)
algo le ha pasado a mi manera de hablar.
Sigo siendo un extranjero en mi propia lengua.
Sigo mi propia voz y no llego más que a otra frontera
otro eslabón de las aduanas, otro acento
que se instalará en mí, dejándome de nuevo lejos
de lo que se pueda alcanzar a decir.
Pensar es fácil.
Caminar por cualquier calle de cualquier ciudad
ayuda, pero también es fácil.
Decir es lo que nunca o apenas encaja:
lo que se atora entre las piedras
o palabras que son piedras para mano escondida.
Pero hay que decir, eso no se niega.
Luego hay que dejarlo oxidarse, pudrirse
como basura atrapada en las rocas junto al mar.
Con el ángulo anónimo de esta mañana
las palabras llegan hasta la orilla.
Para algunos son piernas amputadas en la explosión
y hundimiento de otro barco de contenedores
cada uno lleno de una variedad de esperanza.
Pero esa ya es flor de otro peligro:
Ahora miro y voy hacia el este, hacia el agua
que cierra por un lado esta capital infinita
de una provincia sin fin
donde el tiempo mismo parece caducar
de cualquier instante a otro.
