Erin Currier


Conocí hace poco a Erin Currier y Anthony Hassett, dos artistas norteamericanos que están exponiendo actualmente en la galería Masotta-Torres, San Telmo. Este post va dedicado al trabajo de Currier, y el martes aparecerá otro sobre el de Hassett.



Erin Currier es primordial y muy seriamente una pintora. Trabaja con papelitos encontrados en la calle, creando collages sobre los que luego pinta, o pinta y pega al mismo tiempo, según. Su obra tiene bastante de social; lo que hay expuesto en M-T son retratos de mujeres, muchas de ellas escritoras de una buena variedad de países (ávida lectora), otras anónimas (al menos para nosotros, los espectadores, aunque Erin es aficionada a ir dibujando a la gente que conoce en sus largos viajes). Los retratos no sólo abren una ventana al ser de estas mujeres, también producen lo que no sé llamar más que una sensación de lugar: uno que se encuentra entre el rostro de la retratada y el espectador, espacio de reconocimiento de mutua humanidad. Digo mutua porque, aunque el rostro retratado no puede en realidad devolver la mirada, sí que uno siente un rebote reflexivo del cuadro. Ese reconocimiento de lo humano es una forma de espejo.

Esto es así con la retratística en general, y podríamos alegar claramente que esa es su función, y la que muchas veces hace difícil, a la vez que importante, colgar el retrato de un desconocido en una pared propia. Aunque también es verdad desde que la pintura entró en la modernidad el retrato ha ido perdiendo espacio. Quizá lo que menos queremos, como sociedad, es precisamente estar en la presencia de otros, algo que, sobre todo los que vivimos en las grandes ciudades parece siempre tan inevitable como el ruido en las calles del centro.
¿Pero qué tienen de bueno estos retratos de Erin? Creo que en gran medida se trata de la sensación tanto de transparencia como de profundidad que ofrece el tratamiento de collage y pintura que da a sus cuadros. Al utilizar como base un collage de papeles encontrados, uno tiene la sensación de lo conocido, aunque los papeles estén en otro idioma, o anuncien bebidas inencontrables aquí. Luego, pintar sobre ellos, incorporándolos también al dibujo, al color, da un efecto de tridimensionalidad que inyecta vida al tema del cuadro. Que haya vida en una pintura parece ser uno de los mayores penas de la pintura actual. Es ese espacio que se crea entre la superficie transparente y lo más profundo es donde la pintura de Erin está viva.
Se trata una pintura de resistencia ante la desfacialización moderna y el tiempo-de-espera postmoderno. Esa desfacialización fue, en gran medida, efecto de—y resistencia a—la violencia ubicua del rostro político y publicitario, esos que siempre y en todas partes lo primero que hacen es enseñarnos los dientes… y lo llaman sonrisa, otra forma de interpelación que no para de exigir nuestra atención, nuestro voto, nuestro dinero.
Una gran mayoría de las mujeres representadas pertenecen al exterior de lo que se llama Primer Mundo, o son disidentes en él. Quizá sea en el otro donde todavía se puede encontrar un rostro amable, afable, que invite a estar cerca, que invite a crear lo que no queda otra que llamar comunidad.