Acerca de la explicación del arte


Me comentaba una amiga hace tiempo la importancia de Oprah Winfrey para la cultura de masas en Estados Unidos. Su talk-show vespertino incluye todos los temas, pero el principal, durante años y años, ha sido la vida emocional de sus espectadores. Lo que hizo, con el tiempo, fue introducir todo un vocabulario más o menos especializado con el fin de incrementar la “inteligencia emocional” de su público. En otras palabras, la idea era enseñar palabras y conceptos para que las personas pudieran explicar y explicarse lo que sienten. Los poetas llevan siglos trabajando por ahí, pero claro, lo suyo es el lenguaje, que sólo con ser semántico ya es explicativo. Una parte del trabajo de los poetas es precisamente encontrar el lenguaje para describir emociones o sensaciones a las que el vocabulario habitual no consigue llegar. Oprah ha hecho uso de ese trabajo para poner en práctica su proyecto.
Pero si una persona encuentra difícil analizar y explicar lo que siente, si encuentra difícil explicarse a su entorno, ¿qué hace con el arte, sea de la época que sea? Puede guardar silencio, claro, o decir que ha sido una experiencia muy profunda, o que no ha sentido nada, y no añadir más. Dejarlo todo como está, indiferenciado, incomprensible, parece ser lo que prefieren quienes abogan por la no-explcación del arte, los que alegan que el arte puede “entenderse de una forma directa o intuitiva”, como hace Miguel Santa Olalla Tovar en su artículo, Explicar el arte.
Lo cito de nuevo: “No son pocas las ocasiones en las que pintores, escultores o literatos desdicen y critican a sus propios intérpretes.” Eso es cosa del pasado; hoy los artistas trabajan de la mano con galeristas, comisarios y críticos, porque saben que sin aparato explicativo la obra de arte no va a ningún lado. Pondré un ejemplo rápido. En su libro sobre la fotografía, Susan Sontag comenta certeramente que una foto sin pie puede significar cualquier cosa. En el caso del arte contemporáneo, la práctica, deplorada por Miguel Santa Olalla, sirve para dar cancha al equipo explicativo, para abrir la gama de interpretaciones posibles. El título en sí ya es una explicación, ya es el lenguaje, oral o escrito, al servicio de la obra… y la obra al servicio del lenguaje.
En la edad media, cuando la mayor parte de la población era analfabeta, las pinturas y murales en las iglesias servían para dar pie al intérprete oficial, al cura, para que diera su explicación de las historias bíblicas. Los fieles debían memorizar esas explicaciones, los personajes, las situaciones, las historias: la imagen como elemento mnemotécnico.
Con el Renacimiento y la explosión de la lectura, no hacía tanta falta la explicación oficial (de ahí, Lutero). Con el título era suficiente. A partir de ahí, el espectador podía elaborar su propia explicación de los elementos de la obra. Aún así, conceptos como estructura, composición, belleza, etc., pertenecen al ámbito de la filosofía y, por tanto, del lenguaje. Sin él, ¿puede llegar un espectador a diferenciarlos?
Con el color pasa lo mismo. Hay culturas que tienen muchos nombres para lo que nosotros llamamos blanco, y hay otras que se refieren a los colores no nombrados con una sola palabra, dejándolos básicamente indiferenciados. No-rojo puede ser cualquier cosa menos rojo.
Santa Olalla se refiere en su crítica de la explicación principalmente al arte contemporáneo. Pero es que desde el comienzo de la historia del arte, más o menos desde Cimabue, nadie ha dudado de la necesidad de explicación. ¿Qué significa Las Meninas? ¿Se puede extraer algo de valor del retrato del Conde-Duque de Olivares sin saber nada de la historia española del siglo XVII? ¿Qué hacemos con toda la pintura religiosa del pasado en esta época de escasa religiosidad? La podemos dejar tal y como está, y que el espectador contemporáneo se las vea con sus emociones, si es que es capaz de explicárselas a sí mismo.
El arte no es meramente una experiencia emocional como prefieren los que todavía habitan el Romanticismo; también lo es intelectual, poética y narrativa. Y para eso hacen falta palabras. Una de las metas del arte contemporáneo (y de Borges, en Pierre Menard, autor del Quijote) ha sido advertir que según el contexto la obra cambia de significado. El arte del pasado puede ser tan incomprensible como el del presente.
Si no interpretamos ni vivimos la realidad sin mediación, ¿por qué hemos de exigir la ausencia de mediación en el arte? Puede que eso se dé en apariencia en algunos lugares de la cultura popular, y en la de masas, pero sólo en apariencia. La niña gitana aprende el flamenco por medio de sus mayores, tanto de lo que le muestran de su arte como de las historias que cuentan y las interpretaciones que hacen de lo que ven y oyen. El joven urbano aprende acerca del cómic japonés por medio de sus amigos, de lo que le cuentan en la librería, de lo que aparece en las revistas especializadas y lo que encuentra en internet.
Siempre hay mediaciones. Sin embargo, pedimos acercarnos a la obra de un artista contemporáneo sin nada, o sólo con un bagaje cultural (inevitable) que podría ser insuficiente. Lo que se alega y se pide es una respuesta emocional, cuando el arte de nuestro tiempo, por lo menos el que viene de la línea de Duchamp, lo que busca es precisamente romper con esa única respuesta emocional (toda la cuestión del arte retiniano, por ejemplo) y encontrar respuestas más cerebrales. La otra gran línea del arte contemporáneo es la que viene de Matisse, principalmente por la pintura, pero también por la escultura. Aquí la reacción emocional no queda fuera de contexto, excepto que tampoco es la única. La pintura de un argentino o de una española se aclara si conocemos su linaje, si después de Matisse la influencia es de Guston o de Rauschenberg. La información nos ayuda a entender las figuras, las fórmulas, las alusiones. Después de la primera respuesta, la emocional, que dura poco, se puede seguir explorando, se puede entrar en esa obra, ir más allá de la superficie, hacia el sentido. Y es que el sentido viene de muchas maneras, no sólo por las emociones o los sentidos; negarlo es equivalente a negar ese otro aspecto de la humanidad, que es el intelecto.
La proposición de un arte que sólo propicia reacciones emocionales viene de la gran tradición anti-intelectual española, católica, por un lado, y por otro, de un protestantismo que indica que cada quien debe tener su propia comunicación con Dios, diga lo que diga la tradición, la interpretación oficial o la heterodoxa. Esta sería una alianza extraña si no supiéramos que en el protestantismo también se da una tradición anti-intelectual, visible en primera instancia en las actitudes de la derecha religiosa estadounidense que, por cierto, no ha tenido problema alguno, en los últimos años, para aliarse con los católicos, sus enemigos tradicionales, con el fin último de derrotar el intelectualismo de las elites de izquierda y centro de su país.
Una de las estrategias del primer protestantismo consistió en proponer que cada uno era libre de leer la Biblia y de hacerlo a su manera. Lo que molestaba a la Iglesia del siglo XVI y sigue molestando a los críticos anti-actuales del presente, es que esa actitud permite un sinnúmero de interpretaciones: es el todo-vale tan denostado. Sin embargo, esa idea de dejar el arte sin explicación arraiga con bastante frecuencia en esos mismos críticos. Así, todo vale, pero luego nos quejamos cuando llega a ocurrir que, en realidad, todo vale.
Yo apuesto, más bien, por un todo-vale en el que proliferen las explicaciones, como ocurre en internet, de manera que, con la práctica, cualquiera pueda llegar a sus propias conclusiones. Eso significa diálogo. Sin palabras, sin explicación múltiple, el diálogo simplemente no se da.

3 Comentarios para Acerca de la explicación del arte

  1. Pabloid78 escribió:

    he comentado en ese post que mencionas, defendiendo la no-explicación. Me explico aquí a la luz de tu opinión, que me hace matizar. Está la explicación y está la interpretación, cosas que se confunden. Creo que explicar, en arte contemporáneo, puede ser comunicar sobre la historia del artista (caso de que esta historia aporte material para la interpretación) contexto del mismo (es usual estar creando en relación a un contexto) y referencias históricas a las que la obra pueda llegar a aludir (esto ya se adentra un poco en la interpretación, salvo que las alusiones o apropiaciones sean obvias en la obra a ojos de un conocedor de la historia del arte).
    Todo esto son herramientas de interpretación que ayudan a incrementar la relación con la obra, sobre todo para el gran público.
    ¿Por qué los artistas no quieren mencionar a qué han querido referirse?
    Creo que lo evitan por que creen que lo que quieren decir está en la obra, y si hubieran querido decir más lo habrían escrito. Además debe gustarles bastante escuchar qué dicen los demás sobre la obra, y al no afirmar nada, siempre pueden regatear cualquier interpretación.
    Está en juego la “mística” del artista.
    Hoy en día hay una cierta perversidad en el ámbito de “los que saben”: disfrutan de la preplejidad y la indignación del público que dice no entender nada…
    Creo necesario repetir una pregunta: ¿qué queremos del arte? ¿para qué creemos que ha de servir? ¿qué queremos que el arte nos “haga”, nos “produzca”?
    ¿mensajes morales, políticos, placer estético, turbación, autorreflexión, asco, ilusión, fantasía, visión de futuro, sabiduría?
    ¿qué se espera del artista? creo que cuando generan perplejidad, a veces están preguntando ¿qué quieres de mí?

  2. Roger escribió:

    Hola Pabloid

    Bueno, en realidad creo que vamos por caminos distintos viendo más o menos el mismo paisaje.

    Las preguntas que haces al final tienen que ver, según entiendo yo la cuestión, con un momento muy particular en la historia del arte. O como dice Danto, en la posthistoria del arte.
    Durante siglos el arte fue en una dirección (o unas pocas); se interpreta que tenía una evolución, una meta a la que llegar. Era parte de la Historia. Hoy, el arte va en todas las direcciones que seamos capaces de imaginar. Mientras que antes la figura del artista estaba más o menos tipificada por la sociedad, hoy hay muchos tipos de artistas: ya no se puede hablar del Artista. Sus técnicas son distintas y sus metas son distintas. Sigue existiendo el artista antiguo, pero ya no es el único, sino uno entre muchos.
    Cuando preguntas, “¿qué se espera del artista?” Las respuestas pueden ser (exagero) innumerables. No hay una salida unitaria a los problemas que planteas. Por lo menos no en este momento.
    Es un poco como internet; en el arte cada quien puede buscar y encontrar lo que quiera… o puede hacerlo uno mismo.
    Yo a veces me siento como un surfero. Tengo experiencia, sé manejar la tabla, sé algo del mar y de las olas, pero cada ola en particular es impredecible, puede hacerme caer en cualquier momento. Es emocionante, frustrante, divertido, aburrido (si no hay olas)… es muchas cosas.
    Otra cosa que ha pasado con el arte, y ya desde hace mucho, es que se ha vuelto cosa de conocedores. Lo mismo pasa con la ciencia, con la gastronomía, con la informática, con casi todo. Eso implica dedicación, paciencia y tiempo. Por muchos centros de arte contemporáneo que se construyan por ahí, por mucho que la entrada sea gratis, esa misma entrada no es libre. O por lo menos no lo es para quien no esté dispuesto a entregar su tiempo a averiguar cómo funciona la cosa.
    Y sí, a mí también me enfurece… aunque no siempre.

  3. Pabloid78 escribió:

    A mí en realidad no me enfurece, me parece bien que sea una cosa cuya experiencia se ha ido “especializando”. Yo digo más o menos lo mismo que tú, Roger, respecto a las infintas direcciones posibles del arte post-histórico… quería decir que lo que pasa con el arte contemporáneo es que uno se encuentra a veces muy de frente con las propias espectativas que uno tiene respecto al arte, parece que la obra preguntara al espectador ¿qué esperabas de esto?, el espectador a veces se indigna porque en realidad no le gusta la respuesta que puede o no puede dar ante la obra.
    Si uno se siente ignorante ante algo, puede querer saber algo más, o puede indignarse.
    Creo que el camino más productivo está claro.
    Hay gente que pretende que el arte contemporáneo dé cosas que éste no da, experiencias cómo las que proporcionaba la pintura moderna (cuando se la empezó a comprender por la masa, que fue cuando dejó de ser contemporánea).
    Ahora que por fin entendemos el arte moderno, hay esa cosa que le dicen contemporáneo, digamos…