Cabestrillo


Primer amor.
El brazo roto de recuerdo que interrumpe
el trabajo de vivir
con su hueso de arrepentimiento
por lo dicho y no dicho
lo hecho y no hecho
que rompe músculo y piel y se muestra
blanco y sangriento
como la sonrisa después de un puñetazo.

Segundo amor.
Ese placer en el miedo
con que me levanto cada mañana
para mostrarme a quien quiera ver
y pedirle… ¿qué?
¿Algo así como el perdón?
¿Y luego arrepentirme de haberlo pedido?
¿Qué más queda por romper, dentro?
¿Qué otra gratitud?

La lucidez que me nubla el sentimiento
cuando con sólo saber que algo es así
lo cambia:
decir cualquier cosa
la desdice en el momento de decirla.

Ahora veo a un vendedor ambulante:
vende más por piedad
y por miedo a ser como él
que por lo que vende.
Y el precio, sí, eso importa poco.