Comida para percebes



El suicida miró el reloj de su teléfono móvil. Pensó que le quedaban pocos minutos. Luego pensó que le gustaban esos pantalones. No recordaba dónde los había comprado, o si eran un regalo de su mujer, hace años, cuando él era inteligente y guapo y dueño de un cierto éxito y casa y auto y joyas y dinero y arrogancia, ahora perdida, como el origen de sus pantalones.
Miró precipicio abajo, al mar que golpeaba contra las rocas alimentando percebes. No le gustaban los percebes. Tanto sabor a mar le provocaba un malestar que no era físico, algo así como una nostalgia de un lugar interior cuya exploración uno va dejando para después, para el año que viene, para las vacaciones, o cuando no haya tanto trabajo, cenas de negocios, ocupaciones de la paternidad, de la familia, de las necesidades de otros que uno consideraba como propias.
Le faltaba un botón de la bragueta y, de repente, eso le pareció insoportable. Esa dejadez. Falta de elegancia, incluso al borde de la muerte. Tenía el botón en el bolsillo, no hacía media hora que se le había caído. Pensó en volver al hotel, pedir aguja e hilo, pegar el botón en su sitio. Pensó que si iba a morir, debía hacerlo con cierta dignidad.
Sonó el móvil. La sorpresa, el susto; trastabilló, resbalo, cayó.