19/11/08
La institución
En el museo de la fiebre, cerca del mar
me muestras un bastón de hielo y nostalgia
partido por la mitad
y la furia de alguien que huyó por pura esperanza:
años de carretera y pulso inmóvil
de vida allá a lo lejos, papel neutral y secretos.
En otro tiempo el bastón fue también estoque.
Más allá
en el fragor de una lotería espesa de lugares
quicios de lugares
y lugares que no sé a qué esperan
para llegar a serlo
existe la posibilidad de divertirnos
con la idea de arrendar miércoles de fatiga
jueves bajo la lluvia, lunes a campo abierto
llave en mano.
Resulta común envidiar el sueño que te mete mano
de vez en cuando por debajo de cierta envidia.
Como si predijera climas interiores aún por conocer.
El museo contiene en vitrinas
otros elementos de la vida errante:
brújulas, barómetros, ya avanzada su putrefacción
mapas, diarios, correajes varios, pitos y flautas;
rastros de una selección de migraciones;
ese lápiz que a la vez era puñal;
viajes que no hallarán término.
Hay fotografías de individuos o grupos
con otros cúmulos en lo alto
e ilusiones de responsabilidad que agotan
—incluso amablemente—
la mitad inferior de sus miradas.
Al final, en la sala blanca
se pueden ver peleas de perros en la calle.
Intestinos regados por el suelo.
Un gris oscuro llamado sangre
manchando un gris más claro
llamado pavimento.
Hay maquetas de barricadas
y trenes a velocidad bajo la luna
buques fríos y montañas
cada una de valijas o zapatos, de dientes
y, más adentro, de oro.
