Conversaciones


Como cualquiera sin un pelo de estar mirando por la ventana
entra una embarazada y yo le cedo el asiento.
Igual si te acaban de atropellar o ayer llorabas a escondidas
—el café ya frío—
y de reojo alcanzaste una rata de recuerdo
escabulléndose escaleras arriba
con la firme intención, cruda en circunstancias idóneas
de subir hasta el pasado y barrerlo un poco.

Qué maravilla esto de poder escribirlo todo
letra por letra con las manos llenas
y esas tetas grandes que no dejan de pasar por aquí
no sé si por casualidad o porque no llueve.

Y dicen que para escribir hace falta dolor:
una espuela que no rasgue la piel
y sí se aloje debajo con su veneno
su sueño sin agua, pero lleno de ríos y cataratas.
La tragedia facilita que nos da de comer a diario:
un día infinito de hambre de otra cosa
de mentiras que se van descongelando
al sol de mediodía de la vergüenza
como la que aparece en un escalofrío de otros tiempos
irrumpiendo en el ensayo de unas palabras muertas
y la alianza con lo que nunca se cura.

Eso escucho en mi rincón, lápiz de tristeza en mano.
Y no sé qué alegar en contra
ni cómo llegar desde aquí a la salida
que parece que ya no existe;
y que si existió en algún momento
ha sido olvidada sobre el estante de la chimenea de otra casa
o quizá sólo atisbada en la duermevela del cine.

Alguien aparece para charlar
siempre cuando prefiero un tipo de silencio
que me hace pensar en una lluvia tan fina
que apenas se distingue a través de la ventana.
La reacción alérgica subsiguiente
viene en palabras como de arena en la boca
o de sal y sacadas del fondo de un contrato
que enumera en pasos la desdicha
y cada instante de una incertidumbre seca
de grietas de años en las manos.

(Darwin cuenta que un hombre de San Pedro
entró en la sequía de 1827-1830 con 20 mil cabezas de ganado
y a la salida no le quedaba ni una.
Suelo seco, sin hierba, a menudo las vacas bajaban al Paraná,
se llenaban de agua y después
se encontraban muy débiles para subir el banco de nuevo a la orilla
y morían ahí, de inanición o ahogadas.
Un barquero recordaba, y Darwin lo anotó
que eran tantos los cadáveres que se pudrían en el río
tan fuerte el olor
que ese tramo se tornó impasable
interrumpiendo el comercio y, visto de cierta manera
la vida en el río.)

Hay un vaso que se rompe en otra habitación.
Nadie lo nota en esta.
Se sigue hablando a volumen alto, a risas
a destiempos que se abren por el grupo
como irisaciones de aceite en la superficie del agua
—no sé si la del sueño—
como huesos, todavía con algo de piel
que sobresalen del fango
a la espera de la lluvia que lo barra todo.

3 Comentarios para Conversaciones

  1. Marcos escribió:

    Me encanta. Sé que es decir poco, pero no soy capaz de armar ninguna otra cosa.

    Saludos

  2. Roger escribió:

    Sí, a mí tampoco se me ocurre gran cosa más. Gracias.

  3. Tati escribió:

    Me encanta, sí señor. Me he quedado muy impresionada.