Claudio Herrera: Brainstorm


Galería Wussman, Buenos Aires
Hasta finales de junio

A primera vista las pinturas de Claudio Herrera impresionan. Y algo tienen de impresionista el modo en que el pintor decidió mostrar nuestra actual cultura de las comunicaciones, nuestra conciencia de las redes. En muchas de las obras hay lo que parecen cables deshilachados, sinapsis quemadas y paisajes que surgen de ahí no totalmente como pesadillas: más como sueños que a la mañana siguiente cuesta descifrar, y nos dejan con esa angustia de tener la respuesta en la punta de la lengua. El título de la exposición no traiciona. Recorriendo la exposición no dejaba de decirme que esto es el mundo actual. Conocimiento abstracto vuelto físico, mapa que se desborda en la realidad al mismo tiempo que ella entra en él (no he escrito este juego con los géneros de manera inocente). Como un tejido vuelto al revés, las pinturas no terminan de ser abstractas y, de hecho, en algunas la figuración es más fuerte, como si se tragara la abstracción, digiriéndola pero sin asimilarla completamente. Action painting y paisajismo todo en uno.
Pero tengo un problema. En muchas de las obras expuestas, Herrera se ha puesto a escribir. Si la indeterminación de muchas de ellas, la multiplicidad de sentidos a los que apuntan, es expansiva, la escritura, y muchas veces los papeles pegados, tienden a limitar esa expansión. Como si el artista, insatisfecho con la multiplicidad hubiera decidido ofrecer su propia interpretación, un significado unitario, simple. Y eso es como si él mismo quisiera anular su propio esfuerzo, su propio riesgo. En otras palabras, Herrera es un excelente pintor, pero no un poeta. Lo mejor que uno puede hacer en su visita a Wussmann este mes es obviar los textos en las pinturas, alejarse y mirar. Si uno decide leer, notará como una buena experiencia pictórica se devalúa. Pero que nadie se equivoque: vale la pena verlo.