El sentido de publicar en papel


Me he dado cuenta últimamente, en Buenos Aires, de que han surgido varias pequeñas editoriales dedicadas exclusivamente a la poesía, y que estas editoriales utilizan una estrategia comercial no nueva, pero sí diferente a lo que estamos acostumbrados a ver.
Tradicionalmente han existido tres tipos de edición de un libro de poesía: 1) la publicada por una editorial comercial, 2) la publicada por una editorial que cobra al autor y 3) la autoedición. Bueno, pues estas nuevas editoriales combinan el 1) y 2) de una manera bastante coherente. Sí, el autor paga por la impresión del libro, pero la editorial dedica un esfuerzo considerable a la promoción y distribución de ese libro. Se hacen lecturas, presentaciones, fiestas, siempre con el libro a la venta. Se habla con las librerías independientes (en Buenos Aires sigue habiendo muchas) para que el libro esté visible, sea recomendado por los vendedores, etc. Pero lo mejor es que estos nuevos editores no publican a cualquiera simplemente porque tiene la plata para pagar la edición.
Y no lo hacen porque tienen que cuidar la reputación de su sello y de sus colecciones, si hay más de una… simplemente porque eso les permite ganarse la confianza de los libreros y del público lector, lo cual significa siempre un nicho cada vez más fuerte, si no más amplio, en el mercado. El poeta que publica su obra (pagando) en una de estas editoriales puede estar confiado en que su editor lo defenderá. Eso es distinto a lo que ocurre en muchas editoriales, de poesía o no. Y lo defenderá porque van juntos en la aventura de abrirse un lugar no sólo en el mercado sino en el canon literario.

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Diario de la crisis III


Otra superstición hubiera sido un susto menos—
felicidad que implica un brillo frente al mar
y arena en los zapatos.
El calzado es fundamental aquí, ahora
que hay que postularse para el olvido.
Si no, cada uno será siempre el mismo:
calvicie, agruras, pie de atleta
falta de firmeza moral, buen culo.
De todo habrá memoria, y falsa.
En el delta de lo posible
habrá para vencerse y no mirar.

Ahí esperamos todos, a veces de la mano
a que vuelva el agua.
La sequía es de tiempo también
y la alegría de un lunes
se confunde con la del martes, etc.
Cualquier cifra abre ya un abismo:
continúan progreso y desfile
por muros, esquinas, camisetas
lenguas antiguas y modernas, grititos
mesas de certidumbre
y colecciones de objetos disecados.
El deseo será siempre su repetición.

Pero esa canción ya no da guita.
Pronto llegará el invierno;
amanecerá igual que ayer
—con el mismo ventilador encendido—
y justo después
alguien decidirá la estrategia a seguir.
Con la sonrisa coagulada
sabremos agradecerlo
y volver al principio:
a cualquier comienzo que se le parezca.
Los jueves habrá puchero.

Luis Espinosa: dos poemas visuales


Las aporías, las contradicciones, los laberintos y callejones sin salida espantan a muchos. Conundrum es una de mis palabras inglesas favoritas. Un diccionario on-line la traduce como adivinanza, acertijo, interrogante. Pero normalmente se refiere a algo que no tiene respuesta. O no todavía. En estas faltas de salida o respuesta, lo que hay es una crisis del sentido, y ya se sabe que crisis se puede traducir como crisis, en el sentido habitual, negativo, y como oportunidad. Entonces, podemos decir que el lugar sin salida ofrece una oportunidad para el sentido. Y en esos lugares es adonde le gusta meterse a Luis Espinosa.
Llave/Clave es una tabla con una cerradura que es a la vez su propia llave. La llave es la cerradura. ¿Qué hay que decir aquí, Ábrete sésamo? Estos encuentros de los contrarios, que se convierten rápidamente, tan rápido como la vista lo permite, y el cerebro lo registra, en metáforas tanto en lo poético como en lo vital. ¿Está todo trabado? Quizá esa trabazón sea la respuesta, la fórmula de salida o entrada.
¿Y no es éste también un encuentro perfecto entre lo masculino y lo femenino? Como si el mito platónico del ser único se hubiera metalizado, materializado entre los escombros de la ciudad. Porque la cerradura/llave está encastrada en una tabla, quizá los restos de una puerta o de un mueble. Así, entre lo que sobra, lo que ya no nos hace falta y descartamos para que se lo lleven los cartoneros, o simplemente para quitárnoslo de encima, podría estar la respuesta que a la vez pregunta. O la pregunta que siempre incluye su propia respuesta, que vuelve a preguntar. No estaría mal que en esta figura estática estuviera la clave del movimiento perpetuo.

Verdad es otra de las obras de Luis que he podido ver. La palabra está formada por una repetición incesante de otra palabra: mentira. Y parece un poco evidente salir y decir que la verdad se construye a base de mentiras, parece algo que uno oye en un bar a la hora del aperitivo. Pero hay que ir un poco más lejos, ya que la pieza lo propone. Si la verdad se construye a base de mentiras, ¿existe una verdad absoluta? ¿No es así como vamos construyendo la realidad? Ya cuando hablamos lo hacemos con metáforas, no con palabras que encajan de manera exacta con su referente. Ese proyecto ya le falló a Wittgenstein.
Otro asunto importante: la palabra mentira, mil veces repetida, no se ve de lejos, hay que acercarse, aunque incluso cuando uno lo hace necesita la lupa que cuelga del marco. Hay que mirar con lupa la verdad para ver qué es lo que le da forma.
Esto es ya un llamamiento político que invita no sólo a revisar lo que nos dicen sino también lo que nosotros respondemos. No hay verdad que se salve, cada uno de nosostros está implicado en esa construcción mentirosa de la verdad.
Entonces la cuestión es: ¿hasta qué punto es posible analizar la verdad y poder seguir viviendo? Porque no es fácil mirarse al espejo, ni para el individuo ni para la sociedad ni para la polis. Podemos vivir con cierta tranquilidad alejándonos un poco para que no se vean las mentiras, sólo la verdad. O podemos acercarnos y analizar, aunque no sé hasta dónde puedo yo mismo llegar.
Estas dos piezas me parecen claves en la obra de Luis Espinosa, poeta y artista conceptual. Él admite y celebra la influencia de Duchamp, aunque me parece que sus preocupaciones son enteramente distintas. Creo que Duchamp miraba más hacia adentro, hacia la violencia sexual que todos llevamos dentro. Espinosa es más amable porque invita a mirar más de cerca. No tanto a través de la cerradura, sino a la cerradura misma. Puede que ahí esté la verdad.

El grito


Marat/Sade


Cuando nos damos cuenta de que hemos perdido una oportunidad de hacer algo, aunque sólo sea algo trivial, nos embarga una especie de arrepentimiento, nos enojamos con nosotros mismos, podemos llegar a darnos de cabeza contra la pared, cuanto más dura (la pared) mejor. Pero cuando vemos que alguien más ha desperdiciado una oportunidad y con ello la posibilidad de que otros hagan algo (trivial o importante) en el mismo terreno, entonces hay que decirlo, hay que enojarse en serio.
Y enojado es como salí el jueves pasado del Teatro San Martín tras la representación de Marat/Sade, de Peter Weiss. Tras noches como esa uno se queda pensando si no habrá una conspiración—conservadora o estúpida—para tomar el buen teatro político y desarticularlo, quitarle las uñas, para que nadie más lo pueda usar. El planteamiento de Villanueva Cosse, el director, ciertamente me hace pensar que es así.
Marat/Sade fue pensada originalmente como teatro en redondo, y por una razón que debe estar clara para cualquiera que lea la obra, o la escuche, una sola vez: no hay acción, no hay argumento dramático en el sentido convencional; la acción y el argumento tienen lugar en las discusiones filosóficas y políticas entre el revolucionario Marat y el filósofo extremo Sade, y con los locos, que piden libertad y/o mejores condiciones, como todo el mundo. Eso quiere decir que hay que prestar atención, si uno está entre el público, mucha atención, porque las discusiones no son moco de pavo. Y si uno está en el escenario, también debe prestar atención, pero a los matices, a las pequeñas y grandes ironías, a la violencia sutil o gruesa que recorren esas discusiones. Esta obra se hace en redondo para que la cercanía entre actores y público permita escuchar ese juego de sutilezas y burradas.

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Sobre la Ley de Mecenazgo en Argentina


Uno de los problemas más graves del arte en Argentina es que no existe independencia crítica de ninguna clase. En algunos casos la culpa es de los críticos, en otros no. Hay críticos que aún teniendo el respaldo de sus medios, normalmente un periódico, han preferido formar parte del mundillo del arte y convertirse en entes de influencia más allá de lo que escriben. Suelen ser muy amigos de ciertos coleccionistas, de ciertos galeristas y de ciertos artistas, con lo cual siempre se mueven dentro de un entramado de intereses creados que les ata las manos, sobre todo la que sostiene la pluma, y no les escribir con la violencia o la amplitud de miras que haga falta. Esto ocurre también porque en realidad no tienen competencia, nada que los estimule a por lo menos salvar su prestigio.
En otros casos ocurre que los críticos trabajan por su cuenta, quizá con becas universitarias, y cuando escriben algo en prensa sobre una muestra, ésta suele ser la de un amigo. Nadie escribe a la contra si no tiene cierto respaldo, se quedaría rápidamente fuera del círculo privilegiado por donde se mueve la información. De hecho, el único crítico (limitado, eso sí, en sus propuestas) que va a la contra y es independiente, lo hace en un blog y bajo pseudónimo.
Peor aún son aquellos medios y críticos que cobran a artistas o galeristas por escribir sobre su muestra. Esto, más que crítica, se convierte en publicidad. Si lo vemos así, entonces, no tiene nada de malo ni de raro, excepto que la distancia crítica no se da.
La nueva ley de mecenazgo, que da cabida a practicantes de todas las artes, pero también a medios especializados (incluyendo los electrónicos), permitirá ese tipo de respaldo económico sin el cual no hay crítica.
El otro día, en ArteBA, me decía un amigo, medio en broma medio en serio, que el último crítico de arte que en realidad valió la pena fue Baudelaire. Yo le respondí que más que el último, fue el primero, pero que había que ir con cuidado con ese tipo de juicios. Baudelaire recibía una pensión del Estado, como artista, y por sus artículos sobre arte cobraba a las revistas que los publicaban. Estaba cubierto: podía decir lo que quisiera sin quedarse a la intemperie.
Roberto Arlt fue un feroz crítico de teatro, pero sabía que por mucho que sus artículos fueran protestados por gente afectada, el diario para el que trabajaba, El Mundo, lo respaldaría.
El eslabón más débil en la transmisión de la cultura es siempre el crítico. Al ser el más vulnerable económicamente, también lo es en otros sentidos. El dinero es como el agua, se cuela por cualquier resquicio. Puede haber críticos que escriban por amor al arte, en todos los sentidos, pero evidentemente tendrán que ganarse la vida en otra cosa, con lo cual su labor se verá casi siempre limitada: escribirán sobre lo que les gusta mucho o sobre lo que les disgusta mucho, pero siempre les faltará algo: la obligación de cubrir (en el caso del arte) esas muestras que son buenas y malas a la vez, o que quedan ligeramente fuera de sus especialidades o pasiones. Así tampoco hay distancia crítica ni aprendizaje ni cuestionamiento de las propias ideas y/o prejuicios.
Mi esperanza, entonces, es que la nueva ley permita el tipo de independencia que los críticos necesitan para desarrollar su trabajo en libertad. Y junto con esa independencia crítica, la nueva vía de financiación también puede permitir el desarrollo de proyectos artísticos que no resistirían la lógica del mercado, que es la que prima en el país. Así se abren más posibilidades.
Para los que celebran a rajatabla el imperio del mercado, diré que este tipo de subvenciones lo que permiten es la apertura de mercados nuevos, como ocurrió a finales de los 60 y principios de los 70 con el arte conceptual. En Argentina todavía falta un salto así, una apertura de esta clase.

Diarios: Ferrari, Romero, Zabala

ECUNHI
Inauguración, 2 de junio

La Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) es un campus enorme junto al río, por la salida norte de la Capital. Fue quizá el principal, o por lo menos el más notorio centro de detención y tortura durante la dictadura militar de los años 70 y 80. Ahora ese campus está volviendo a ser ocupado, pero ya no por los militares, sino por organizaciones de derechos humanos, entre ellas la Fundación Madres de Plaza de Mayo, que entre otras cosas han creado el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECUNHI). Ahí, varios artistas conocidos, como Marcelo Pelissier y Miguel Ángel Giovanetti dan clases y montan exposiciones.
La primera que he visto de las exposiciones, titulada “Diarios”, incluye obras de León Ferrari, Juan Carlos Romero y Horacio Zabala, tres de los artistas conceptuales vivos más importantes de la Argentina.
En la serie L’Osservatore Romano, Ferrari toma planas del diario del Vaticano que llevan consignas del nuevo cristianismo y superpone otras imágenes, también de la tradición cristiana, pero que tienen que ver con la tortura, la violencia de la Iglesia contra todo aquel que fuera considerado otro: hereje, heterodoxo, eso: otro. Por ejemplo, el titular “Es preciso recordar el camino misionero renovando los métodos pastorales”, lleva superpuesto un artilugio de tortura medieval que se insertaba en la boca, la vagina o el ano de la persona a interrogar. Queda claro, ¿no? Es preciso renovar los métodos. Casi todos los collages de Ferrari tiran por ahí, excepto uno que lleva como titular, “Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la IX Jornada Mundial del Enfermo”, y lleva un damero compuesto por envoltorios de condones de la marca Prime, los rojos (texturados, para mayor placer) y en el centro una foto del Papa. Evidentemente, la idea que L’Osservatore quiere proyectar viene contestada por Ferrari con algún elemento que la desmiente, que la pone en perspectiva y/o la destruye. El juego es un tanto obvio, pero a veces estas cosas obvias son precisamente las que sobrepasamos sin darnos cuenta. La ideología se mueve así, por esos caminos invisibles; por eso hay que descubrirla, mostrar de qué está hecha.
Juan Carlos Romero expone una serie de palabras en letras blancas sobre fondo rojo: Pánico, sacrificio, víctima, Asesinan, Arrojan, ataque, rehén, condena, conflicto, amenaza. Justo debajo de cada una hay una ampliación del titular del diario Clarín donde aparece esa palabra. Debajo de ésta, la página del diario completa donde apareció la noticia; y debajo de ésta, la portada de ese mismo diario con unos números pintados por encima con esténcil que van del 0104 al 2004, o sea del primero de abril al 20 de abril. Acercándonos podemos ver que el año es el 2001. Nada ha cambiado, el diario sigue siendo el mismo proyector de violencias y de miedo. El efecto de esta obra es como un zoom que va del telefoto al gran angular, como si el artista pidiera que nos alejáramos y acercáramos una y otra vez para ver las noticias con mayor detenimiento, con distancia y cercanía críticas. La obra de Romero siempre es una lección de lectura, siempre está tomando textos para mostrarlos de otra manera, desde otro punto de vista, dando una lectura que abre resquicios: precisamente una labor deconstructiva.
Horacio Zabala presenta páginas de diarios europeos y argentinos pasadas a papel de calco utilizando pasteles de muchos colores. Se alcanza a leer el nombre del diario, la página (la de espectáculos, la financiera…), pero no se puede leer nada. Es como si Zabala se hubiera rebajado voluntariamente al papel de censor. Un censor desquiciado que lo encuentra todo sospechoso y lo tacha todo. Así9, lleva la lógica de la censura a su final consecuente. Uno de los aspectos más interesantes de estas obras es que son bonitas: como si el efecto de la censura también lo fuera, como si fuera tranquilizador. Conozco a Zabala y puedo asegurar que es un gran irónico. La ironía, hay que recordar, no siempre implica humor, o si lo implica, se trata de un humor muy serio. Es posible reír sin alegría. Y la risa puede ser tan crítica como cualquier seriedad.
Marcelo Pelissier pone así, a disposición del público, en un lugar que puede ser espeluznante (yo fui de noche), obras de tres artistas fundamentales en el arte contemporáneo argentino. Las pone en diálogo como si fueran editoriales en un diario ellas mismas. Digo “editoriales” en el sentido en comentan la realidad, más que la describen, pero sin imitar a la prensa, excepto en el sentido en que producen su comentario desde un punto de vista particular. Las obras ejercen una libertad de comentario que, como ha demostrado internet, a la prensa establecida no le gusta nada. Muchas veces lo necesario no gusta, claro. Y la labor del artista es presentarlo, y sí, aunque a algunos no les guste.

Sofía Silva: Desiertos antrópicos

Galería VVV
Inauguración, 4 de junio


Hace ocho años que Sofía Silva vive en Estados Unidos, en Baltimore. Las noticias que nos trae, aunque bellas como son sus fotos, no son alentadoras. Hasta cierto punto hablan de nuestro futuro, ese promovido por la gente que teme la vida en ciudad y se aleja, en busca de barrios cerrados y shoppings, esa modalidad eunuca del tradicional mercado.
Las fotos de Sofía nos cuentan las consecuencias de una elección, cuando ésta se hace masiva: la de vivir en soledad, eludiendo la comunidad. Esas fotos, ya dije, son bellas, tomadas con una idea de simetría y lineas rectas que nos invitan a entrar en el tema, a mirar más de cerca, con más ganas, el precioso desastre que asuela los suburbios de las ciudades norteamericanas.
En EEUU (y lo sé porque he vivido allí), todos los centros comerciales son la misma cosa, efecto de una estandarización de la oferta que desmiente esa libertad de elección que tanto propugna el capitalismo cuando no le queda otra. Pero no sólo es la oferta comercial lo que se estandariza, sino también la vida, que así se vuelve fácilmente reproducible y comercializable en una economía de escala que conduce a la soledad en la experiencia sin fin de lo mismo. Digo sin fin, en los dos sentidos: sin finalidad, e infinita. La experiencia se repite en serie que Usted también pueda ser partícipe de esta experiencia única e irrepetible que es la vida en las afueras.
Las fotos muestran los estacionamientos de los centros comerciales de noche, cuando están cerrados, para describir la soledad de estos no-lugares, lo que es su aislamiento. En las nocturnas, casi todas en blanco y negro, hay cierta dureza. En las diurnas, ya en color, hay casi una nostalgia, imágenes más blandas, con el pavimento mojado, un día de otoño.

En otras fotos aparecen viviendas estandarizadas, todas iguales, bonitas, agradables, limpias, pero sin un alma a la vista. Son panorámicas en las que las líneas de distribución de la vista son efectivas. La fotógrafa juega con la simetría de esos lugares simétricos para abrir el campo de visión hacia el infinito, de nuevo: hacia la soledad sin fin. En otras fotos me llamó la atención la ironía. En una aparece un Home Depot, una cadena de tiendas dedicada a vender artículos para el hogar, pero ya cerrada, con el letrero retirado, aunque queda la sombra de las letras sobre el edificio. En otra, se ve otra tienda de toallas y sábanas, Linens’n‘Things, que quebró hace poco. Hay varios letreros que anuncian la liquidación por cierre. La ironía viene de que la foto está tomada desde un ángulo en el que el letrero más grande—Store Closing (Cierre de la tienda)—queda tapado parcialmente, de manera que se lee Store losing, tienda que pierde. La crisis no sólo es financiera, sino también de un modelo de vida que ha demostrado ser insostenible.

Beatriz Sarlo explica que el shopping es un lugar de control que imita la calle en un sitio cerrado, asegurado, pero sin el caos, sin el azar que a tantos aterra. Lo que las fotos de Sofía nos muestran es el resultado de medio siglo de vivir con miedo, algo en lo que EEUU no deja de estar a la vanguardia. Gran parte de estos suburbios y shoppings dispersos se debe a lo que allí llaman white flight, la huida de los blancos del centro de las ciudades hacia las afueras. Y sí, la cuestión también es racial. Esa misma huida blanca ha servido para alimentar a su vez la cultura del automóvil, ahora también en crisis, como se ha visto últimamente con la nacionalización de General Motors.
Pero el origen de esta huida está en el higienismo promovido por ciertas corrientes puritanas, a finales del siglo XIX y principios del XX, que se escandalizaban con la promiscuidad de la vida en las ciudades. Es la misma actitud que condena el sexo, el tabaco, el alcohol, y que termina condenando la vida en sociedad y en comunidad: en el fondo siempre están el miedo del otro y el miedo a la comunicación. La comunicación, como hemos visto últimamente, no sólo es de información, sino también de enfermedades. ¿Qué es un virus, si no información emergente que actúa por su cuenta?
La fotografía siempre tiene algo de documento. La esencia del documental siempre es moral, aunque la forma de transmitirlo sea estética, y bella. Al final de cualquier posición estética siempre encontramos una moral, y viceversa.
Las fotos de Sofía Silva trabajan las dos caras de esta moneda con gran efectividad. Si una verdad anquilosada, convertida en lugar común, es una moneda cuya superficie se ha borrado, eso aquí no pasa. La moneda con la que Sofía nos paga el esfuerzo de ir hasta Villa Crespo a ver sus fotos tiene sus símbolos y valores bien claros. Y por eso, porque esa moneda sigue siendo útil, yo le doy las gracias.

Escribir en corto


Dice Sylvia Saítta, en El escritor en el bosque de ladrillos, su biografíá de Roberto Arlt que una diferencia importante entre Arlt y los escritores del grupo de Florida es que el primero era muy pero que muy consciente de que escribir era algo que uno hacía por dinero, mientras que los segundos provenían, la mayoría, de familias que los podían mantener. La violencia de la escritura de Arlt se debe en parte a ese resentimiento de clase. El gran escritor, Arlt, y el gran poeta, Oliverio Girondo, de los años veinte, proceden uno de cada categoría.
Escribir por dinero, freelance, es el trabajo más difícil que he tenido en mi vida, el más duro, el más torturador y el que más ha mejorado mi prosa. Escribir por vocación, placer, por necesidad interna—escribir poesía—es el segundo más difícil.
Lo interesante es que se cruzan, se entrelazan. Muchas de mis ideas para una forma de escritura se traspasan a la otra, al punto de que empiezo escribiendo una cosa y termino en la otra y a veces, incluso, vuelvo a la primera. Dudo saber, algún día, el porqué de esto.
Lo que está claro es que por mucho que yo intente separar mis formas de escritura, la tarea al final es fútil. De lo que escribo para mi blog sobre Buenos Aires me vienen ideas para mi blog de poesía o para mis textos sobre arte, o sobre cualquier cosa. Los términos en la lista que acabo de hacer se pueden mezclar: lo que dije de lo que escribo en un sentido se puede decir de todos los demás.
¿Quiere decir esto que por fin encuentro un camino de unidad para todo lo que escribo? No exactamente. En realidad sigue habiendo una división que no puedo salvar: la que hay entre lo que escribo por dinero y lo que escribo porque me apetece. Lo primero es más difícil que lo segundo sólo en términos de voluntad. Pero no en términos técnicos y ni siquiera, creo, de valor en cuanto a la expresión.
Extrañamente, he notado que escribir prosa por dinero (en general, artículos sobre arte) me exige lo mismo que escribir poesía: exactitud, o mejor, ser sucinto y claro con la mayor precisión posible. Quizá sea esa la mayor exigencia de la escritura. Borges, decía que no escribía novelas porque en los textos largos se pierde esa precisión.
Bueno, se pierde porque en la mayor parte de las novelas lo que importa no es tanto el lenguaje, sino el arco narrativo, la secuencia de eventos, la construcción de un interés por ver qué va a pasar ahora. En otros géneros, como la poesía, el teatro (escrito) y el ensayo, el lenguaje es lo más importante. Encontrar la palabra justa, el ritmo exacto, la sintaxis perfecta, son el trabajo principal de estos géneros más cortos.
Sin esas exactitudes no hay nada que hacer, la cosa no funciona, se desmorona el poema o el ensayo como un terrón en un puño que se aprieta.
El otro día, mi amiga Juli Highfill me decía que había estado leyendo algunos de mis artículos sobre arte argentino y que le había llamado la atención la claridad de mi prosa. Es claridad me cuesta mucho trabajo y mucho tiempo. Esos textos están escritos para ser leídos en pantalla y considero que deben ser diáfanos, con palabras abiertas como un campo hasta el horizonte, visto desde un autobús que no parará.

Campions!


Una temporada espectacular, con el mejor juego, el más bello, el tipo de juego que los culés siempre le pedimos al equipo, y resultados impresionantes, goleadas históricas, golazos… todo.
Ayer, llegué a casa a tiempo de escuchar el partido por Catalunya Ràdio. Pensé en ir a algún bar para verlo, pero me apetecía más esa intimidad que da la radio. Me tumbé en la cama con el ordenador a mi lado para oír la voz de Puyal y su equipo. Yo estaba extrañamente tranquilo, en los goles sólo levanté los brazos. No me puse a saltar como un niño (tengo casi 45 años), como hice con el gol de Iniesta contra el Chelsea mientras Puyal gritaba llorando: ¡Don Andrés! ¡Don Andrés!
Hace tres meses que no tengo tele (y muchos más que no tengo tiempo para verla), así que la radio por internet ha sido mi conexión a los partidos.
Ganar Copa, Liga y Champions, como ha hecho este año el Barça, es algo que en ningún otro año me imaginé posible. Hacía falta Guardiola en el banquillo.
Otra cosa extraordinaria: el equipo salió a jugar la final con siete, ¡siete!, jugadores de la cantera, algo que los verdaderos aficionados del Barça vienen pidiendo desde hace años. No es por nacionalismo, que también, sino por fe a que ese proyecto, esa escuela de fútbol y ese compromiso tienen que venir desde abajo. No un equipo comprado, sino un equipo creado desde la cantera, con chicos que llegaron al club a los 13 años y ahora, a los veintipico, lo ganan todo. Tanta globalización del fútbol y resulta que se puede ganar a lo grande, con estilo y con belleza, a partir de la cantera.
Hoy me he levantado como nuevo, después de muchas semanas de mucho trabajo, de cansancio, de insomnio. Hoy vuelvo al trabajo con el ánimo renovado. Y todo porque me tumbé durante un par de horas a escuchar un partido por la radio, y ese partido era la final de la Champions League y el Barça lo ganó.

Gastronomía para hoy


Diario de la crisis II


La invitación a jugar viene completa
pero sin la otra historia:
esa hecha de huesos al sol
que parece otra persiana de lamentos
y más batalla por la sonrisa
que el plomo en cualquier novedad.

O aquella del país casi desierto
pero animado y poco dúctil
que íbamos a ocupar tranquilos
ayunando con una mano, y con otra
leyendo el mapa de algunas promesas.

Para declararnos útiles
obtendríamos el carnet más magro
—nos asegurábamos a diario—
hasta que en la punta de la lengua
nos quedó un mal de ojo
cuya mirada siempre engañará.

También íbamos a pedir una ronda más
de extrañamiento y luz.
Su misión consistiría en dar de baja
nuestro camino al despido
como si fuera sólo tiempo.

Y como si el tiempo fuera nuestro
aquí al lado, ahora mismo
un perro gruñe en sueños.
La verdad que amábamos se desliza
y pierde por el agua limpia
siempre más que otros comienzos.

El agua, sí:
limpia como un orgullo en soledad.
Como una distancia.

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