Viajero con souvenir



Enrique Vila-Matas: Soplaba la tramontana, y recordé que en mi juventud yo deseaba ser muchas personas y ser de muchos lugares al mismo tiempo, pues ser sólo una persona me parecía muy poco.

John Ashbery: One morning you appear at breakfast
Dressed, as for a journey, in your worst suit of clothes.
And over a pot of coffee, or, more accurately, rusted water
Announce your intention of leaving me alone in this cistern-like house.
In your own best interests I shall decide not to believe you.



Abro el ordenador y me encuentro con esto:
Parece que existe una rara maquinación
que produce para la venta vacaciones perdidas
lucha de recuerdos entre las dunas
destripamiento del equipaje sonoro de todo un mes
o la ausencia de vegetación donde menos la esperas.
Y claro, es todo mentira, o parte
del mismo complot que nadie esconde.
Que queda abierto como una vaca de consumo y exportación:
anoche vimos un costillar, todavía sangriento
en la calle, junto a la puerta de una cocina;
pero pasamos de largo, como ocurre a menudo
sin saber qué decir.

Nadie tiene la culpa si da con la respuesta por accidente
y resulta que es falsa.

El asunto es que algo buscábamos y eso era lo importante:
la imagen del mundo en un instante
o la señal nueva que apuntara a quien estuviera a tu lado
pero sin señalar, sin escoger
porque robamos tiempo como hijos de una madre que miente.
Y en efecto, ahí está la publicidad con su aviso de neón
reflejado rojo en un charco de noche:
Todo lo que se cancela vuelve
y todo lo que vuelve se cancela.

(texto completo...)

Claudio Herrera: Brainstorm


Galería Wussman, Buenos Aires
Hasta finales de junio

A primera vista las pinturas de Claudio Herrera impresionan. Y algo tienen de impresionista el modo en que el pintor decidió mostrar nuestra actual cultura de las comunicaciones, nuestra conciencia de las redes. En muchas de las obras hay lo que parecen cables deshilachados, sinapsis quemadas y paisajes que surgen de ahí no totalmente como pesadillas: más como sueños que a la mañana siguiente cuesta descifrar, y nos dejan con esa angustia de tener la respuesta en la punta de la lengua. El título de la exposición no traiciona. Recorriendo la exposición no dejaba de decirme que esto es el mundo actual. Conocimiento abstracto vuelto físico, mapa que se desborda en la realidad al mismo tiempo que ella entra en él (no he escrito este juego con los géneros de manera inocente). Como un tejido vuelto al revés, las pinturas no terminan de ser abstractas y, de hecho, en algunas la figuración es más fuerte, como si se tragara la abstracción, digiriéndola pero sin asimilarla completamente. Action painting y paisajismo todo en uno.
Pero tengo un problema. En muchas de las obras expuestas, Herrera se ha puesto a escribir. Si la indeterminación de muchas de ellas, la multiplicidad de sentidos a los que apuntan, es expansiva, la escritura, y muchas veces los papeles pegados, tienden a limitar esa expansión. Como si el artista, insatisfecho con la multiplicidad hubiera decidido ofrecer su propia interpretación, un significado unitario, simple. Y eso es como si él mismo quisiera anular su propio esfuerzo, su propio riesgo. En otras palabras, Herrera es un excelente pintor, pero no un poeta. Lo mejor que uno puede hacer en su visita a Wussmann este mes es obviar los textos en las pinturas, alejarse y mirar. Si uno decide leer, notará como una buena experiencia pictórica se devalúa. Pero que nadie se equivoque: vale la pena verlo.

Alberto Méndez en Vórtice

El problema con las palabras, y esto lo sabe cualquier poeta, es que significan. Aún peor: todos esperamos ese significado, lo pedimos, nos importa. He trabajado muchos años en el teatro; no soy muy aficionado a la danza contemporánea, pero he asistido a unos cuantos espectáculos. En ellos siempre me ha llamado la atención que en cuanto se dice algo, o se muestra por escrito, el público levanta la cabeza: ¡por fin algo comprensible! Ese es el problema de las palabras: el significado. No el sentido, que marca una dirección, varias, y nos pide que las sigamos a cierta velocidad. Los que siguen a Deleuze dicen que son líneas de fuga, y la velocidad se traduce en intensidad. Más o menos, no es tan sencillo.

Los dadaístas lo sabían bien y se decidieron por el poema sonoro. El problema no reside en las palabras en sí. También lo sabe Alberto Méndez, que expone sus poemas visuales en la Barraca Vorticista hasta el 10 de mayo. Lo que sabe es que de alguna forma hay que ralentizar la velocidad que se toma cuando cierto sentido, cierta línea de fuga, va en busca de su materialización (o petrificación) en un significado. Hay que ir más lento, a la busca de la intensidad. Y la lentitud, una mínima paciencia para descifrar las letras, puestas todas juntas, desemboca habitualmente con el trabajo de Alberto en el humor, que muy a menudo viene de la amargura. O del dolor: de los sueños vendidos.

No sé ustedes, pero yo tengo la costumbre de revisar mi vida de vez en cuando para ver qué sueños he vendido, cuáles he perdido, cuáles sigo persiguiendo. Si es un sueño de verdad, creo que nunca se cumple. Pero en momentos en que he hallado que algún sueño se me escapaba, he corrido tras él. Sí, esto parece salido de alguna canción oída por la radio, cursi como ella sola. Pero no niego que así vivo. Por eso me gustó tanto el poema que da título a la colección de Alberto: No vendo mis sueños porque duermo poco. Buen antídoto contra la radio y las cosas que uno no sabe muy bien cómo explicar y acaba recurriendo a los lugares comunes, a lo cursi.

No estoy de acuerdo con todos los poemas que Alberto Méndez ha colgado en las paredes de la Barraca, pero sí con la experiencia que la exposición en conjunto me ha dejado. Vale la pena darse una vuelta. Y mientras tanto (y sin permiso) he colgado un par aquí, como anticipo.

Acerca de Ral Veroni



El año pasado publiqué en la revista Lars un artículo sobre lo que estuvo haciendo el artista Ral Veroni en España antes de volver a la Argentina. Ahora ese texto está a punto de salir en un libro publicado por una editorial de Buenos Aires. Veroni, que aparece semanalmente en Libro de Notas, ha querido sacarlo ahí para celebrar los dos años que lleva en esa revista. El texto está en pdf e incluye imágenes de varios de los trabajos comentados. Para descargarlo sólo hay que pinchar aquí: Pequeño teatro del dinero en la ciudad fantasma.

Mauro Giaconi


Hace un año que vivo en Buenos Aires; al poco tiempo de llegar le comenté a alguien que aquí se vive como en España en el 2000. Cuando me mudé a España en el 92, se me ocurrió que aquello era como Estados Unidos, de donde venía, en el ochenta y pico. Tiene que ver con el acceso al conocimiento. La internet ha mejorado mucho las cosas, pero no se ha logrado superar del todo la barrera socioeconómica que separa a muchas personas del conocimiento, de la información y de las herramientas de interpretación que hacen falta para salir adelante en el mundo contemporáneo. Hacía tiempo que no pensaba en esto—hasta que pasé hace unos días por Zavaleta Lab y vi la exposición de Mauro Giaconi.

En la pared, lo que seguramente es un libro entero de anatomía ha sido separado, hoja por hoja, pegado, las hojas distribuidas en una especie de rombo horizontal. Dibujada con una precisión sobre las hojas, hay una valla de alambre, trampantojo que se viene a la vista con toda la fuerza del hiperrrealismo: el espectador queda con la incomodidad de sentirse excluido del conocimiento reflejado en el libro abierto sobre la pared. En el muro de enfrente, lo mismo, pero las hojas pertenecen a revistas culturales y partituras de música. Más al fondo por la galería, y ya en obras enmarcados, la alambrada se extiende por papeles científicos.

El tema y juego de la exlusión se abre por toda la galería: una tienda de campaña con el acceso cerrado por un muro de ladrillos; un colchón colgado sobre la pared a gran altura y pintado con un cielo y sus nubes, pero con una reja de hierro forjado que lo aleja aún más del espectador; un suelo que podría ser de madera, por el dibujo de los nudos de la madera, pero que en realidad es de vidrio: ¡no pisar! Unos dibujos enmarcados pero cuyo vidrio protector viene esmerilado, de manera que a penas se puede atisbar el dibujo que hay detrás. En cada una de estas obras nos quedamos fuera.

Al desconcierto inicial por la exclusión, se une una especie de certeza fatal: no hay remedio, siempre quedaremos fuera, ¿quienes soy yo para exigir que se me permita la entrada a la tienda de campaña, el poder caminar sobre un suelo que no es mío, el poder llegar al final del día y soñar, o por lo menos dormir; alcanzar el conocimiento ofrecido en las paredes.

Hubo una exposición, en 1996, en el CGAC, de Félix González-Torres. Recuerdo en una de las salas una pequeña montaña de libritos, tamaño pasaporte, en cada una de cuyas páginas se veía un cielo, las nubes, algún pájaro. El espectador podía llevarse los que quisiera: eran una invitación a salir, a viajar, a soñar. Lo que veo de Giaconi en Zavaleta me parece lo opuesto: una constatación de que esa invitación no existe más. Y si existe, no es para mí. El mundo, está claro, ha cambiado bastante en los últimos doce años.

Tirar el dinero


Este artículo mío apareció en Libro de notas el 22 de abril.

Hoy tuve ocasión de presenciar uno de esos eventos culturales que tanta ira e ironía te provocan. Se trata de un acto menor, ciertamente, como todo lo que hace la comunidad española en Buenos Aires, pero significativo. La convocatoria era la inauguración de una exposición titulada “Carlos Saura: Los sueños del espejo”, en el Centro Cultural Recoleta, junto al cementerio famoso.

(texto completo...)

Interrogaciones perdidas


Qué es lo que quiero. Y si lo consigo, qué voy a querer entonces. Qué significa querer. Significa lo mismo que desear. El deseo crea deseo. Es la función del deseo crear el deseo de desear. Por qué ocurre que tantas veces me siento obligado a desear lo que veo. Qué pasa si no me gusta. Se puede desear lo que a uno le disgusta. Qué dice de uno que no le guste lo que desea. Y si le gusta tanto que no quiere dejar de desearlo y por eso no intenta alcanzarlo. Cuánto vale el deseo. A qué hora. Cuál es la relación entre el deseo y el tiempo. Qué lugar ocupa el espacio en el deseo. Afectan los atardeceres al deseo. En qué forma. Se puede desear sin prestar atención. En qué momento, desde que uno empieza a desear, puede ese deseo considerarse como tal en toda regla. Tiene reglas el deseo. A quién benefician. Es posible desear a esa chica de la otra mesa aunque tenga bigote. Se habrá dejado influenciar por la moda portuguesa anterior a la Revolución. No es verdad que la moda siempre vuelve. Se desea algo porque vuelve, o vuelve porque se lo desea. Cuánto dura el deseo. Cuánto debe durar. Si juntáramos todo el deseo del mundo en un solo lugar, qué pasaría.

La importancia de un lugar en el que todo sueño es posible



A eso apuntábamos todos por aquella época, y a los premios perennes. Al premio incesante, obligatorio, por eso vivíamos donde vivíamos, separados en barrios cerrados, nuestra cárcel de oro y alegría, con piscina para siempre y algunas de esas lunas entornadas que nos miraban sin comentar, sin juicio. Nuestro premio interminable venía siempre sin juicio, no como los castigos para los demás que siempre quedaban, tarde o temprano, en nuestras manos limpias.
Yo me lavo las manos a menudo. Es mi trabajo y lo hago con gusto. Luego voy a donde me toque ese día y recibo mi premio. No podría vivir sin premios, sin ese pequeño incentivo que yo mismo me preparo cada mañana con el desayuno, y luego varias veces al día, hasta que llega la hora de dormir, que también es un premio, tras un día agotador de premios y manos limpias, de alegrías, de miradas que uno conserva en la memoria largos instantes, hasta que llega la hora del próximo regalo, premio, alegría, o de lavarse las manos una vez más.
Lo mejor de todo, lo que he aprendido en la vida, es a no quejarme. Cada vez que tengo una queja, me lavo las manos y alguien es castigado en mi lugar. Así se aprende el duro trabajo de ser feliz en el mundo. De renovar el día con agua perfumada y jabón de las delicias. Se aprende a respirar la belleza de la fortuna.

Aser es un verbo irregular


Buscando una referencia en el registro de este blog, me encontré con una pequeña sorpresa. Al parecer alguien llegó a Paseante Extranjero metiendo en su buscador la siguiente frase:

como se ase el sexo oral

Así apareció en el registro:

http://search.prodigy.msn.com/​results.aspx?q=como+se+ase+el+​sexo+oral&FORM=MSNH

Es verdad que la poesía da para todo, aunque dudo que esta persona haya encontrado la respuesta a su pregunta.

Negros y blancos


El 6 de abril Mario Vargas Llosa escribió un artículo en El País sobre algunas de sus recientes experiencias en la Argentina. Sus amigos lo llevaron a visitar la Biblioteca Miguel Cané de la calle Carlos Calvo, donde trabajó Borges de 1938 a 1946 , uno de los lugares de peregrinación de los tours literarios de Buenos Aires. Después, supongo que dando un paseo por Carlos Calvo, sus amigos lo llevaron a comer al Café Margot, antiguo Trianón, donde se inventó el sandwich de pavita (en escabeche o blanco) en algún momento de la década de 1940, y del que se cuenta que la gente hacía cola para probar. Se dice que hasta Perón acudió, pero se duda de que haya tenido que esperar. Entre esos dos lugares del barrio de Boedo, Buenos Aires sur, Vargas Llosa imagina un Buenos Aires mítico, europeo, culto, la imagen de la ciudad que tanto la oligarquía terrateniente, con sus palacios afrancesados, como el Grupo Florida, al que Borges perteneció, intentaron proyectar al mundo. Esa es la imagen que Buenos Aires norte sigue persiguiendo.

(texto completo...)

Poesía en el colectivo


A los colectivos de Buenos Aires suben toda clase de vendedores (nunca mejor dicho) ambulantes. Los sábados por ejemplo, sube a la línea 2 un chaval que dice, y parece, tener problemas neurológicos y vende 5 caramelos de 10 centavos a un peso para poder comprar el medicamento que lo mantiene estable. Siempre le compro, luego le doy los caramelos a los niños que andan pasando estampitas por los bares (o en el subte) para ver si les compras una. A veces también compro la estampita.
Después está el poeta que sube al 15, reparte folletos como los de abajo y recita los poemas. Luego pasa el sombrero, aunque como dice el folleto, no es necesario comprar para quedárselo. A mí me gusta el poema “Picardía”, sobre todo por la rima asonante.

Un poema largo


Parece que he terminado un poema que llevaba escribiendo unos tres meses. 300 versos. He ido colgando aquí y aquí fragmentos, pruebas. Por ahora sólo hay leído la versión completa, aunque no final, Pep Izquierdo. Digo que no es la final porque hay un par de cambios, sugeridos por Pep, que tengo que hacer, y eso incluye eliminar seis versos que no van a ninguna parte, que a mí ya me molestaban, pero que Pep ha confirmado que estaría mejor el poema sin ellos. También falta un tiempo, todavía, para que lo cuelgue aquí. Ahora el poema tiene que descansar en un cajón durante unas semanas, unos pocos meses, antes de que lo vuelva a leer y decida si está presentable. Siempre he sido cauteloso con los poemas, y más si son algo largos; y no sólo por lo que he invertido en ellos emocionalmente, intelectualmente, sino porque quiero saber si dicen algo interesante, tanto para el lector como para mí.

En 1998 estaba escribiendo lo que yo pensaba que sería un poema largo. Estuve escribiendo durante unos tres meses, pero el poema no iba a ningún sitio, parecía plano, la obra de un poeta que no tenía nada que decir. Lo abandoné. Sin embargo, me quedaron las cosquillas de averiguar si yo tenía algo que decir… en poesía… porque soy de esa gente que hablando no se calla casi nunca. Y me puse a escribir poemas cortos, sueltos, exploratorios. De esa primera serie salió La vida en sociedad, un libro que hice junto con el fotógrafo Fernando Villavert, que incluía 17 poemas y 13 fotos. Después pasé otros siete años escribiendo casi sin tener idea, produciendo unos 150 poemas, de los cuales sobreviven unos 100. Muchos están colgados en este blog; unos cuantos se han publicado por ahí, incluyendo Carta de un exiliado, del que Dídac Ballester hizo una edición muy elogiada.

Luego, en diciembre de 2007, empecé a tomar las notas (en verso) para un poema que apuntaba a cierta longitud. Escribía, lo dejaba, escribía. Y en enero la cosa explotó: escribí unos 150 versos en más o menos una semana. A partir de ahí, seguí escribiendo parando, escribiendo durante febrero y marzo. Y corrigiendo, claro. Limpiando el ritmo, cambiando cosas de sitio. Es lo que más me gusta, de todas las cosas que hago: vivir con un poema hasta que está hecho. Ahora este lo está y hay que dejarlo descansar. En unas semanas lo colgaré en el blog.

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